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jueves, 19 de diciembre de 2013

     NARRATIVA HISTÓRICA
                        
   Elvira, la criada "cristiana nueva" de don Juan Carrasco “El Mozo”,  Alférez Mayor de la villa de La Roda, comunicó  a su señor que  ya habían llegado los tres vecinos  que esperaba. Sólo faltaba presentarse  el escribano público don Diego Pérez de Tébar.

   El honorable  y rico hacendado aguardaba pacientemente la llegada de  cuatro personas de la localidad a las que previamente había citado  en su casa. Mientras iban acudiendo a la reunión y hasta  que estuvieran todos presentes, paseaba  en el gran patio de la mansión  entre  los geranios y rosales que mostraban ya sus incipientes flores  abrileñas.

...en el gran patio de la mansión entre geranios y rosales floreciendo.
   Meditando la decisión  tomada respecto a su nieto mayor en el presente año de 1596, recordaba la similar resolución que  también tuvieron  con  él sus abuelos hacía sesenta años.  Le parecía mentira que hubiese pasado  ya tanto tiempo y que  él fuera de  tan avanzada edad, porque se sentía espléndidamente bien; pero había llegado la hora de hacer  testamento dejando  sus bienes  al nieto don Juan Carrasco Ramírez de Arellano.


   Le venían a la mente aquellos lejanos momentos de su infancia y juventud  cuando en casa de sus abuelos presenció un acto parecido al que ahora  iba a realizarse  en la hermosa tarde primaveral.  

   Esbozándosele una furtiva sonrisa  sintió la  aceleración de su veterano corazón mientras  recordaba tantas escenas entrañables…  ¡ Era en aquel  lejano tiempo de la adolescencia  cuando  todavía no  se había fijado en su prima doña Juana Carrasco, con la que después se casaría! De aquel convenido pero  enamorado matrimonio nació  su hijo don  Pedro Carrasco que se casaría con doña Ana Ramírez de Arellano y Ortiz de Villaseñor. Al hijo mayor de ambos, su nieto don Juan Carrasco Ramírez de Arellano, es a quien ahora le iba a transmitir los bienes heredados de sus mayores con los consiguientes aumentos y mejoras que  él mismo había logrado sumar a lo largo de su vida.

   Mientras proseguía su paseo esperando que le anunciaran la llegada del notario don Diego, los recuerdos seguían aflorando  en  su mente anciana, insistiendo  en las mismas ideas de sus abuelos a los que iba a imitar en el procedimiento hereditario  llamado “mayorazgo”, que evitaba  la  enajenación y división de los bienes por algún descendiente futuro, pues ello estaba expresamente prohibido en las cláusulas del testamento que hoy iban a leer y firmar, y así  se  seguiría   manteniendo y ampliando  la  hacienda recibida  de sus ancestros  al transmitirla íntegra y aumentada a su nieto mayor.  

   Por fin, la criada le notificó que el escribano también había llegado y esperaba en su despacho junto a los otros tres señores.

  Cuando entró  don Juan Carrasco “El Mozo” en la estancia donde le aguardaban, todos  se pusieron de pie saludándole respetuosamente con una leve inclinación de cabeza y un rictus de simpatía en el rostro.

   Los tres testigos, Juan de Dueñas, Roque de Villarreal y Francisco Ruiz, vecinos de La Roda,  previamente advertidos una semana antes por el señor Alférez Mayor de la villa, conocían bien su cometido en aquel solemne acto, así como el escribano don Diego que, una vez acomodado y con el permiso consiguiente, comenzó  la lectura del testamento  redactado según los deseos de don Juan Carrasco “El Mozo”. El testamento  original y una fidedigna copia  del mismo los traía ya manuscritos  con tinta negra en varias hojas de recio papel sellado, sólo  a falta de las firmas de los presentes allí reunidos.

   La grave y autoritaria voz del escribano era escuchada atentamente por los testigos mientras don Juan,  que ya conocía el texto, permanecía como abstraído,  trasladado mentalmente  a cinco décadas atrás de su vida  cuando su abuelo  don Juan Carrasco “El Viejo”, delante de él, le otorgó también su hacienda en “mayorazgo”. Fue el 18 de marzo de 1544, fecha en la que su abuela doña María González Manobel ya había muerto, así como el hijo mayor de ellos, su tío don Pedro Carrasco, a quien iba destinado en un principio este  mayorazgo.

   Le parecía estar oyendo las palabras de su padre don Antón Sánchez de Munera explicándole desde bien jovencito lo que quería decir “mayorazgo” y en qué consistía:

-          - Es el derecho que tiene el hijo mayor a heredar los bienes de sus padres a cambio del compromiso de transmitirlos en las mismas condiciones a su sucesor, mejorándolos y aumentándolos si es posible.

   En las tempranas explicaciones de su padre sobre el mayorazgo se contemplaban muchos detalles injustos para su madre y sus tías, hermanas y primas , pues se excluían de él a las mujeres, pasando siempre la titularidad de varón a varón. Procedimiento que recordaba no convenció nunca a su madre y siempre había protestado en voz baja al hablar de los testamentos, aunque ella tuvo siempre asumida la vieja costumbre  de su familia por tradición y por ley.

   Volvió a visualizar mentalmente aquel día en el que le habían comentado sus padres,  doña Catalina Carrasco  y don Antón Sanchez de Munera, que todo el proceso en la transmisión del mayorazgo estuvo  ya previsto  y escrito  desde un principio en un primer y anterior  testamento de sus abuelos con fecha 11 de octubre de 1536, donde le dejaban el mayorazgo a su hijo mayor, don Pedro Carrasco,  especificándose que si éste  moría sin descendencia se  transmitiría  dicho mayorazgo al nieto mayor, que era él, ya que el siguiente hijo mayor  después del mencionado don Pedro Carrasco era una mujer , doña Catalina Carrasco, su madre.

  Y es por lo que dicho “mayorazgo” se lo pasaron a él  en aquel año  de 1544 que no olvidaría jamás. Precisamente  lo recordaba bien porque estuvo presente en aquella lectura y donación,  recibiendo la escritura del mayorazgo de manos de su propio abuelo don Juan Carrasco “El Viejo”, al que besó agradecido  muchas veces.

 En el testamento que se estaba leyendo constaba expresamente la acostumbrada  prohibición de  la partición  o  venta de sus bienes,  garantizándose así la no disgregación de la hacienda que se mantendría indivisible y dentro de la familia.  Y también existía  la obligación imprescindible de tenerse que apellidar  “Carrasco” quien recibía el mayorazgo,  es decir, él, anteponiendo este apellido a cualquier otro. Si estas principales cláusulas  no se cumplían  a rajatabla, el mayorazgo se pasaría al siguiente  descendiente previsto en la escritura.

   Mientras continuaba leyendo el escribano público aquellos deseos y cláusulas,  don Juan seguía  recordando las muchas explicaciones que sus padres le habían inculcado desde niño. Así sabía que  su bisabuelo, el padre de su abuelo don Juan Carrasco “El Viejo”, se llamó don Pedro Carrasco  y  fue el dueño de un  molino en la ribera del río Júcar  conocido como “ Molino de los Carrascos”.  Y sabía de aquel bisabuelo    que  fue un hombre del siglo XV, importante y rico, que había hecho un préstamo  personal  de  20.000 maravedíes al concejo de la villa de Albacete  y que dicho concejo  en el año 1484 todavía  le debía  6.000 maravedíes.

   De aquel bisabuelo, don Pedro Carrasco, dueño del molino en pleno  siglo XV, surgieron también las ramas familiares de sus primos Carrascos de Albacete,   la de don Pablo Carrasco, la  de don Pedro Carrasco, de  doña María Carrasco…que también heredaron  la posesión de algunas ruedas de  piedra del mismo molino  del río Júcar y eran   importantes personajes de aquella villa.

  Casi instintivamente, mientras su mente revolvía los nombres repetidos de sus antepasados y descendientes que se prestaban a confusión,  su mano derecha cogió la pluma de ave que tenía delante, en el centro de la gran mesa de nogal cubierta con un lienzo verde  a cuyo alrededor estaban todos sentados, e introduciendo su afilado corte en el tintero de cristal empezó a entretenerse trazando rayas  y nombres sobre un papel que terminó convirtiéndose  en la síntesis de sus pensamientos, dibujando un escueto árbol genealógico  con los nombres  de su bisabuelo, abuelos, padres  y tío, el suyo y el de su esposa, así como los de sus  nietos,   unidos por simbólicas líneas generacionales y enmarcando  en sendos rectángulos su propio nombre y el de su nieto  mayor  que habría de recibir sus bienes: don Juan Carrasco Ramírez de Arellano.


Sus nietos…PEDRO  JUANA  FRANCISCA,  ANA  JUAN CARRASCO RAMÍREZ DE ARELLANO
                          I            I                      I               I                                          I
                                                              I
Su  hijo y nuera…                  PEDRO CARRASCO
                           ( y DªAna Ramírez de Arellano y Ortiz de Villaseñor) 
                                                              I
Él y su esposa…            JUAN CARRASCO “EL MOZO” (Alférez Mayor de la villa)
                                             ( y Dª Juana Carrasco )   
                                                              I
Sus padres y tío…         CATALINA CARRASCO          PEDRO CARRASCO
                                      ( y Antón Sánchez de Munera)                                          
                                                              I                                         I
                                                                                    I
Sus abuelos ….                                     JUAN CARRASCO “EL VIEJO”
                                                               ( y María González Manobel)
                                                                                    I
 Su bisabuelo…                                        PEDRO CARRASCO
                                                 (Dueño del  Molino de los  Carrascos)                                                         
                                                                            

   Casi finalizando el escribano la lectura, se le empezaron a cerrar  los ojos de cansancio  al testigo Francisco Ruiz  al tiempo que sus compañeros sentados a ambos lados de él le apercibían de su falta de educación tocándole las rodillas  con disimulo bajo la mesa,  lo cual le provocaba  inesperados  y rudos despabilamientos momentáneos que don Juan Carrasco supo ignorar comprensivamente.

    El veterano hidalgo, ahora más centrado en el acto,  dejó de trazar nombres y rayas en su improvisado dibujo y prestó  atención a las últimas cláusulas que se estaban leyendo del testamento.

   Entre las posesiones  que integraban aquel mayorazgo había  importantes heredades en los términos de La Roda, San Clemente y Vara del Rey. Se habían mencionado entre otras, las de “Sanchón”,  “la Hoya de los Ajos”, “la Hoya Garbanzo”, “la Hoya Mondéjar”, “la Hoya Berruga”, con sus casas, aljibes, ejidos, ganados…,  y las casas principales de la familia en la villa rodense, varias  ruedas del molino  de los Carrascos en la ribera del río Júcar con parte de sus huertas y casas que compartían con sus primos Carrascos de Albacete,  así como la propiedad y  patronazgo de la capilla de los Carrascos con advocación de la Encarnación  en la iglesia parroquial El Salvador de La Roda,  donde era costumbre ser enterrados los miembros de esta familia; también en el mayorazgo se incluía el título de Alférez Mayor de la villa, conseguido por merced de Su Majestad el Rey y previo pago de cuantiosos maravedíes a su Tesorero Real.

    (Posteriormente, otras ramas de primos con el mismo origen y apellido Carrasco serían los dueños de más heredades  en distintos términos, como “La Coscoja”, “La Casa Reíllo”, “Hondoneros”, “Buena Vista”, “Los Blancares”,  “ Casas de Ortega”, “La Nava”,  “El Carmen”…y adquirirían más títulos: de Alguacil Mayor del Santo Oficio, de Fiel Ejecutor,  y  otros varios  de regidores  en  los Ayuntamientos de La Roda, Barrax  y Albacete.
   Casi todos los miembros del  linaje  seguían una misma política matrimonial  ambiciosa para conseguir el creciente desarrollo de prestigio  social, entroncándose con  linajes de hidalgos con títulos nobiliarios, algunos de ellos venidos a menos económicamente, y así  se complementaban  mutuamente dos familias mediante el conveniente binomio:  dinero y  posición social. De tal manera que en el futuro llegarían a conseguir señoríos, marquesados y hasta ducados, a pesar de  tener unos orígenes humildes culturalmente  hablando, pues bastaría recordar que los abuelos de nuestro protagonista  don Juan Carrasco “El Mozo”,  - que fueron don Juan Carrasco “El Viejo” y su esposa doña María González Manobel -  no sabían leer ni escribir, como así lo manifestaban ellos mismos en su testamento de 1536.  Aunque por otro lado era cosa habitual en la época de finales del siglo XV y principios  del  XVI  que pocos conocieran las letras;  pero su riqueza patrimonial era grande y supieron impulsar  en sus descendientes esas ansias de superación social  para  que en el futuro  se encumbraran  bastantes ramas y miembros del linaje).

   Terminada totalmente la lectura del testamento, firmaron los tres testigos presentes   junto a don Juan Carrasco “El Mozo” y el escribano-notario don Diego Pérez de Tébar que  dejó una copia en la casona para  cuando el nieto  tuviera la edad de administrar sus bienes, pues por entonces contaba sólo con diez años.

Don Juan Carrasco "El Mozo" y sus tres testigos firmaron ante el escribano don Diego Pérez de Tébar.

   Después de agradecerles su testimonio, el Alférez Mayor acompañó a sus vecinos hasta la puerta de la calle  despidiéndolos agradecido. Mientras los veía alejarse, quiso don Juan Carrasco “El Mozo” pasear brevemente por los alrededores buscando al nieto de diez años,  su sucesor en el mayorazgo que atesoraba grandes posesiones y responsabilidades  y al que  imaginaba estaría jugando con sus amigos en la calle. Tenía la ilusión de darle él mismo la buena noticia mientras lo traía de regreso a la casa.

   En efecto, al doblar la esquina de su mansión, bajo el cobijo seguro del  gran lienzo de piedra tallada que habían mandado levantar su hijo don Pedro Carrasco y su nuera doña Ana Ramírez de Arellano y Ruiz de Villaseñor, vio  jugando a su nieto don Juan Carrasco Ramírez de Arellano  golpeando  con sus menudas manos una pequeña pelota contra la pared junto a tres amigos de su misma edad. Aquella hermosa fachada de sillares adornada con columnas  y   escudo nobiliario  sostenido por dos tenantes femeninos,  formaba  parte de un proyectado palacio que se quedó inconcluso al morir  su hijo don Pedro Carrasco hacía un lustro, y desde entonces era conocido entre los vecinos del pueblo  con el nombre de  su nuera, llamándolo “El Lienzo de  doña Ana”. Allí, ante el pétreo lienzo como inigualable frontón,  casi siempre  estaban jugando a la pelota los mozalbetes y algunos mayores.

Fachada de un palacio inconcluso en donde jugaban los niños al frontón

   El anciano Alférez Mayor se quedó  inmóvil mirando a su nieto, admirando la agilidad de sus movimientos y la elegancia de sus gestos, sintiéndose honrado y orgulloso. En él continuarían las esperanzas y altas miras de progreso y bienestar  que todos deseaban para sus descendientes. Había imaginado para su nieto una carrera militar al servicio de Su Majestad, tal vez sería Capitán de sus tropas. Y tenía pensado prometerlo cuando tuviera más edad con la hija de un importante señor que era  secretario  del rey don Felipe II, llamado  don Jerónimo González de Heredia y Bazán, casado con doña Juana Carrasco, hija de su prima doña María Carrasco Alfaro y su esposo don Fernando Cano  de Céspedes  y Ossorio. Entroncándose así dos importantes ramas del mismo linaje Carrasco que conseguirían en el futuro grandes mercedes reales.

    Pero la futura pareja todavía  era infantil  para pensar más allá de un conveniente  compromiso de boda. Ella se llamaba doña María Juana de Heredia y Bazán Carrasco.

    También dedujo de aquellos planes futuros que cuando el enlace se realizara, seguramente él ya no estaría en este mundo; pero su linaje continuaría creciendo indefinidamente dando gloria y honor   a  la familia y a la villa que los había visto nacer: La Roda.

   Se desvanecía por momentos la  débil luz  que prestaba  el Sol a las últimas horas de aquella tarde del  16 de abril de 1596 y las gentes trabajadoras volvían  ya  del campo: unos pocos  en sus viejos carros tirados por mulas y acompañados de algún perro atado bajo su fondo, entre las ruedas, y otros regresaban  andando, con la azada sobre el hombro y algún canastillo con leña ensartado en el astil.

   Los niños  dejaron  de jugar, pues ya no se distinguía bien la pelota hecha de apretadas tripas de cordero sobre un núcleo esférico de corcho. Estaba refrescando y el viejo hidalgo se acercó al nieto buscando su tibia mano infantil para regresar juntos a la mansión.

   Don Juan Carrasco “El Mozo” empezó a contarle al pequeño su legado escrito en el documento que le enseñaría  al llegar a casa y entregaría a sus padres para que lo custodiaran hasta que fuera mayor. ¡Era el heredero de sus bienes y de los de sus antepasados! Protocolo que el niño a su vez habría de repetir cuando fuera viejo, para que las haciendas que formaban aquel “mayorazgo”   del apellido Carrasco nunca se perdieran, no se partieran,  ni salieran  de la gigantesca familia.

   Ya la obscuridad se había adueñado de las calles y el farolero del concejo encendía las recias velas interiores de los viejos faroles que tenían algunas esquinas en sus paredes. Con un largo palo que llevaba en su extremo una mecha  con llama oscilante,  prendía  las  sebosas y escasas velas  que  mal  iluminaban  parte de las calles  por donde pocos se atrevían a caminar en la noche.

    Abuelo y nieto entraron en la vivienda cerrando el portón exterior con un golpe seco,  asegurándolo con el cerrojo de hierro bien forjado.  Afuera, la noche sin estrellas atemorizaba a los vecinos rodenses de finales del siglo XVI que se habían recogido en sus casas alrededor de la débil luz del candil,  comentando las escasas  novedades de la villa o las historias ancestrales transmitidas de generación en generación con las dudas y temores propios de la época.

     Mientras les preparaban una ligera cena, el ilusionado abuelo seguía explicando el gozoso presente a su nieto, soñando un poco con su portentoso porvenir. (Aunque por mucho que imaginaba el futuro  de su inocente heredero  lleno de  grandes mejoras, progresos y honores como ser el Alférez Mayor de la villa de La Roda y el Alguacil Mayor del Santo Oficio, nunca podría adivinar que sería Señor del Señorío de la villa de Rivafrecha, en Logroño,  ni que setenta y tres años después una reina de España vendría a este pueblo y comería en su casa,  junto a un hijo de este nieto:  junto a su biznieto don Juan Jerónimo Carrasco Ramírez de Arellano, Capitán de las tropas reales, Caballero de la Orden de Santiago y  Caballero Cubierto ante el Rey; como así ocurrió cuando  visitó esta villa  la Reina Regente doña María Ana de Austria, viuda del rey Felipe IV y madre de Carlos II ).

   Y mientras  dentro de la casona se seguían oyendo las lentas y emotivas explicaciones del anciano hidalgo a su nieto mayor,  afuera en las viejas y retorcidas calles de la ancestral villa manchega apenas un ruido perturbaba la noche sin estrellas. 


                                   ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA

1 comentario:

  1. Hola Adolfo, intento otra vez poner un comentario a ver si esta vez funciona, tu articulo me gusta muchisimo, tu escritura sigue siendo tan amena y agradable, y tu trabajo historiador es estupendo. Te mando un saludo cariñoso Ana

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