Los dos amigos que me escuchaban estaban
también muy afectados. Tenían una edad similar a la de él y le conocían mejor
aún que yo. Seguramente fueron compañeros de
instituto o de universidad, porque estaban muy puestos en las cualidades
y aficiones culturales de Alonso.
- Todos lo hemos sentido muchísimo. Era demasiado joven para morir. Tenía cuarenta y ocho años de edad - añadí.
Continué comentándoles lo bien que escribía y les recordé varios de sus muchos artículos, especialmente uno de su sección “Crónicas de la Reja”, de 1997, que me gustó muchísimo y así se lo hice saber a él en su momento. (Parte de aquel texto lo reproducimos ahora para tener a Alonso más presente aún y paliar algo esa impotencia que sentimos de no poder cambiarle el destino).
Él escribió:
“… Ella se acercó desde
detrás de una máscara que no tenía nombre, ni yo quise saberlo. Me dijo que no
hacía prisioneros, y no supe negarme dos veces al quédate.

A esas horas indecisas todas la casas huelen
a desahucio y desengaño, pero es preciso quitarse las máscaras, liberar la piel
al estremecimiento y el ansia antes de que el sol abra todas las ventanas.
Después, apostado en su hombro húmedo,
admiré su pelo desordenado y oscuro, y vi sus ojos adormecerse, y mullirse su
cabeza en la almohada blanca con la luz tibia que ya se atrevía a entrar por
las rendijas de la persiana. Permanecí atento a las pausas de su pecho y al calor íntimo y extraño de su
viento tan cerca de mí.
Y amanecimos a la luz dura del mediodía como
dos náufragos desnudos que extrañan sus orillas.
Fue de Carnaval, en la ciudad donde saludan
el solsticio con hogueras y fuegos de artificio”.
Después de unos segundos de cómplice silencio,
uno de los jóvenes comentó
:
-
Pues deseo deciros que esa mañana
del entierro, escuchando el sonido de las campanas de nuestro templo El
Salvador y conociendo el amor de Alonso
hacia la literatura, me vinieron a la memoria los versos de José Zorrilla a la
muerte de Larra: “Ese vago clamor… “
Y mientras el joven seguía recitando el
poema, yo pensé en aquel tiempo del bachillerato en la Academia
Cervantes de don Manuel Merlos Ruiz con
la cálida voz de nuestro profesor de Literatura, don Antonio de Toro Gómez,
leyéndonos ésta y otras composiciones
del Romanticismo.
-
Y quiero confesaros – continuó el joven
después de recitar aquellos versos de Zorrilla - que esos dos primeros versos endecasílabos me inspiraron en ese momento otros versos más para Alonso, y
después del entierro, al llegar a mi casa, continué componiéndolos hasta completar un soneto que podrá ser más o menos bueno, pero es sentido y sincero, y sobre todo lleva una
intención de homenaje y recuerdo hacia nuestro
amigo.
Sorprendidos y curiosos le insistimos varias veces
que nos lo enseñara o al menos nos lo recitara. Pero siempre se negaba con el pretexto de que estaba recién compuesto y debía repasarlo
cuando pasaran unos días. Mas tanto le insistimos que por fin accedió a nuestros deseos y sacando del bolsillo posterior del pantalón un
folio plegado y manuscrito
nos lo leyó. Ya nos había advertido que los dos
primeros versos clamaban distorsionados al poema de Zorrilla para después proseguir
y completar un soneto como homenaje a
Alonso Alarcón.
Después de escuchar la totalidad de su lectura, nos miramos los tres con gestos de
agrado y satisfacción.
Por ello, pensando que podría publicarse el poema en estas páginas, se lo
pedí por favor y consintió con la condición de que no
revelara su nombre.
Dentro de lo poco que ya podemos hacer por Alonso, salvo rezar, reconforta creer que un compañero o un amigo no desaparece
totalmente con su muerte si vive arraigado en la memoria y en el corazón de quienes lo conocimos.

Ese triste sonar que rompe el viento
es el grito en dolor de una campana
anunciando
el entierro en la mañana
de un amigo
escritor del pensamiento.
Es rugiente dolor lo que ahora siento
por
su muerte tan cruel, injusta y vana,
aunque
su alma va a Dios que así lo sana
en un Cielo de amor y sentimiento.
El Alonso Alarcón que conocimos,
con
su crítico hablar y su pasión
hoy
está en otro mundo de ilusión
donde
escribe los días que vivimos
y
el recuerdo sutil de lo que fuimos
con
la pluma especial de una oración.
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminarDesde que escribí este artículo sobre Alonso Alarcón las visitas a mi blog han aumentado considerablemente, seguramente por solidaridad con él, que era un joven brillante y agradable. Demasiado joven para morir. Muchísimas gracias a las personas que así se han interesado e introducido en este sencillo rincón.
ResponderEliminarSeguramente es por la conjunción de ambas cosas, la muerte de Alonso y los textos tuyos Adolfo.
ResponderEliminarCiertamente era demasiado jovén para morir. Se merecia unos años más entre nosotros, entre los vivos. R.I.P