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domingo, 29 de diciembre de 2013


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   Los dos amigos que me escuchaban estaban también muy afectados. Tenían una edad similar a la de él y le conocían mejor aún que yo. Seguramente fueron compañeros de  instituto o de universidad, porque estaban muy puestos en las cualidades y aficiones culturales de Alonso.

  - Todos lo hemos sentido muchísimo. Era demasiado joven para morir. Tenía cuarenta y ocho años de  edad - añadí.


  Continué comentándoles lo bien que escribía y les recordé varios de sus muchos artículos, especialmente uno de su sección “Crónicas de la Reja”, de 1997, que me gustó muchísimo y así se lo hice saber a él en su momento.  (Parte de aquel texto lo reproducimos ahora para tener a Alonso más presente aún  y  paliar algo   esa  impotencia  que sentimos de no poder  cambiarle el destino).

  Él escribió:



“… Ella se acercó desde detrás de una máscara que no tenía nombre, ni yo quise saberlo. Me dijo que no hacía prisioneros, y no supe negarme dos veces al quédate.

     Corrió la noche entre ruidos y bares que cerraban. Risillas frívolas y donjuanes de improviso recogían velas. Mientras, caminábamos trastabillando apurando el espacio entre nuestros costados. No había lugar para darse las manos porque, desconocidas, se extrañarían. Y así llegamos al pie de una escalera que había que subir para no destrozar el guion.


   A esas horas indecisas todas la casas huelen a desahucio y desengaño, pero es preciso quitarse las máscaras, liberar la piel al estremecimiento y el ansia antes de que el sol abra todas las ventanas.

   Después, apostado en su hombro húmedo, admiré su pelo desordenado y oscuro, y vi sus ojos adormecerse, y mullirse su cabeza en la almohada blanca con la luz tibia que ya se atrevía a entrar por las rendijas de la persiana. Permanecí atento a las pausas  de su pecho y al calor íntimo y extraño de su viento tan cerca de mí.
   Y amanecimos a la luz dura del mediodía como dos náufragos desnudos que extrañan sus orillas.
   Fue de Carnaval, en la ciudad donde saludan el solsticio con hogueras y fuegos de artificio”.

   Después de unos segundos de cómplice silencio, uno de los jóvenes  comentó :

-         Pues deseo deciros que esa mañana del entierro, escuchando el sonido de las campanas de nuestro templo El Salvador  y conociendo el amor de Alonso hacia  la literatura,  me vinieron  a la memoria los versos de José Zorrilla a la muerte de Larra: “Ese vago clamor… “

   Y mientras el joven seguía recitando el poema, yo pensé en aquel tiempo del bachillerato en la Academia Cervantes de don Manuel Merlos Ruiz  con la cálida voz de nuestro profesor de Literatura, don Antonio de Toro Gómez, leyéndonos ésta y otras  composiciones del Romanticismo.

-            Y quiero confesaros – continuó el joven después de recitar aquellos versos de Zorrilla -  que esos dos primeros versos endecasílabos  me inspiraron  en ese momento otros versos más para Alonso, y después del entierro, al llegar a mi casa,  continué componiéndolos hasta  completar un soneto  que podrá ser más o menos bueno, pero  es sentido y sincero, y sobre todo lleva una intención de homenaje y recuerdo hacia nuestro  amigo.

   Sorprendidos y curiosos le insistimos  varias veces  que nos lo enseñara o al menos nos lo recitara. Pero    siempre se negaba con el pretexto de que  estaba recién compuesto y debía repasarlo cuando pasaran unos días. Mas tanto le insistimos que por fin accedió  a nuestros deseos y  sacando del bolsillo posterior del pantalón un folio plegado y  manuscrito  nos lo   leyó. Ya nos había advertido que los dos primeros versos clamaban distorsionados al poema de Zorrilla para después proseguir y  completar un soneto como homenaje a Alonso Alarcón.  

   Después de escuchar la totalidad de su  lectura, nos miramos los tres con gestos de agrado y satisfacción.

   Por ello, pensando que  podría publicarse  el poema  en estas páginas, se  lo  pedí  por  favor y consintió con la condición de que no revelara su nombre.

    Dentro de lo poco que ya  podemos hacer por Alonso, salvo rezar,     reconforta  creer que un compañero o un amigo no desaparece totalmente con su muerte si vive arraigado en la memoria  y  en el corazón de quienes lo conocimos. 

       SONETO  PARA  ALONSO

  Ese triste sonar  que rompe el viento
es el grito en dolor de una campana       
anunciando  el entierro  en la mañana
de un amigo escritor del pensamiento.

 Es rugiente dolor lo que ahora siento  
por su  muerte  tan cruel, injusta y vana,
aunque su alma va a Dios que así lo sana
en un Cielo de amor y sentimiento.  
             
 El Alonso Alarcón que conocimos, 
con su crítico hablar y su pasión    
hoy está en otro mundo de ilusión

donde escribe los días que vivimos
y el  recuerdo sutil de lo que fuimos
con la pluma especial  de una oración.
                                                   

3 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Desde que escribí este artículo sobre Alonso Alarcón las visitas a mi blog han aumentado considerablemente, seguramente por solidaridad con él, que era un joven brillante y agradable. Demasiado joven para morir. Muchísimas gracias a las personas que así se han interesado e introducido en este sencillo rincón.

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  3. Seguramente es por la conjunción de ambas cosas, la muerte de Alonso y los textos tuyos Adolfo.
    Ciertamente era demasiado jovén para morir. Se merecia unos años más entre nosotros, entre los vivos. R.I.P

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