MI GUITARRA Y “TRES YOS”
El deseo de aprender a
tocar la guitarra me vino cuando, de adolescente, me encontré los restos de una preciosa
guitarra con incrustaciones de nácar, que estaba en una habitación de la casa de mis abuelos
maternos. Digo restos porque el mástil estaba partido por el clavijero y la caja de resonancia estaba rota, presentando
dos mitades partidas longitudinalmente; también, en un lateral tenía un roto
con falta de madera; pero toda ella estaba adornada con ricas incrustaciones.
Debió ser preciosa de nueva. Ignoro lo que le pudo ocurrir al instrumento para
quedar tan destrozado.
Por las fotografías antiguas que guardaba la
familia, se sabía que nuestro abuelo, Leopoldo García Aranda, sabía tocar la guitarra.
En las fotos aparecía de joven con ella
y con varios de sus amigos formando como una orquestina; pero los nietos más
mayores, nunca lo llegamos a ver con la
guitarra.
Admiré con pena aquel instrumento tan bonito
y roto, e intenté “remendarlo” con mis pocos medios de niño, sujetándolo con cuerdas y cintas adhesivas;
pero era imposible poder tensar sus viejas cuerdas y sacarle algún sonido. No obstante, me interesé en saber dónde estaban las notas
musicales más elementales, (que ya conocía de las clases de solfeo como
educando, asistiendo por las noches al viejo edificio del antiguo Ayuntamiento
con el método de solfeo “Eslava” y el maestro de música Aurelio Oltra). Para
ello me compré en el “carrillo de Paulino”, que conocíamos como “Paulino el de
las pipas”, un librito o revista de canciones con el aprendizaje elemental de las notas musicales
y acordes en la guitarra española. La revista pendía de una cuerda tensada de
extremo a extremo del carrillo junto a otras revistas y bolsas de “chucherías”.
Ese domingo no fui al cine y con el dinero de la entrada y algo más me compré
la revista.Tal vez, yo tenía por entonces unos 14 años de edad.
Con aquella revista me subía a la cámara de mi casa y fui
aprendiendo poco a poco qué notas musicales eran las cuerdas de la guitarra “al
aire” y cuáles otras notas del pentagrama resultaban al pulsar los trastes
correspondientes con los respectivos dedos de la mano izquierda; y con cuáles
dedos de la mano derecha debía hacer
vibrar las cuerdas. Cuando supe todo
aquello, repasaba y practicaba con la guitarra rota las lecciones de solfeo del
método “Eslava”, aunque no emitiera sonidos correctos.
Disfrutaba muchísimo aprendiendo
autodidácticamente, y aunque la guitarra rota no emitía los sonidos deseados
por no poderse tensar y afinar sus cuerdas, iba solfeando y pronunciando en voz alta las
notas, sin entonar, en las primeras lecciones del elemental método que ya he
comentado. Así de incorrectamente
intenté aprender a tocar algo la guitarra. Y, al menos, siguiendo las
indicaciones de aquella revista, supe dónde estaban las notas del pentagrama en
aquel deteriorado instrumento y cuáles eran las “posturas” de los dedos de la
mano izquierda para formar los acordes más elementales de algunos tonos. (Do,
La, Re, .... mayores y menores, con sus tónicas, subdominantes, etc. ).
Después, pasados unos años, cuando ya pude
comprarme una guitarra y otros caprichos con mis propios medios, aquellos
aprendizajes autodidactas que había practicado en la adolescencia me sirvieron
de mucho, pasando los ratos de ocio interpretando
con la guitarra algunas melodías o canciones que me atraían. Y hubo unos años especiales
que, para distraerme más y divertirme
mejor, tocaba una melodía mientras la grababa en el magnetófono por primera vez;
después, la reproducía en el mismo magnetófono mientras la acompañaba con los
acordes correspondientes de la guitarra, grabando todo en otra cinta virgen de “radio cassette”, en
una segunda vez. (Claro necesitaba tener
dos grabadoras: el magnetófono y un “radio-cassette”). Entonces cuando
reproducía esta segunda grabación del “radio-cassette”, se escuchaba a “la
guitarra primera” tocando la melodía, y también se escuchaba “otra guitarra
segunda” acompañando la melodía rítmicamente con acordes.
Y, finalmente, por tercera vez, cuando
volvía a reproducir la segunda grabación
(donde se escuchaban las “dos guitarras”: una “punteando” o interpretando la
melodía, y la otra acompañándola rítmicamente con acordes ), volvía a grabar
todo, ¡por tercera vez!, mientras le añadía alguna percusión de pandereta, u
otros golpes con las manos, etc. etc.; con lo cual, al haber ido grabando y
reproduciendo la melodía, acordes, y
percusión, una y otra vez, hasta tres
veces, parecía que tocaban tres personas
en la última grabación. Sin embargo, estaba yo solo y resultaba muy divertido.
De ahí el titular de este artículo y de aquellas grabaciones como: “Mis tres Yos”. Era una manera, como tantas otras posibles, para no aburrirse y disfrutar de mi propia música e inventiva. Así me lo pasaba musicalmente bien.
He buscado y encontrado una cinta de entonces con algunas grabaciones finales, realizadas de la manera ya descrita. Ahora, con cierta nostalgia y admiración de aquellas ocurrencias juveniles, me gusta volver a escucharlas, aunque las grabaciones o interpretaciones no resultaran lo perfectas que me hubiera gustado; pero tienen su encanto y su mérito. La simbólica foto fija compuesta por una pandereta, dos grabadoras y una guitarra, sintetiza y recuerda aquellas grabaciones. Y pulsando en esta otra de la guitarra incompleta, se pueden escuchar dos de aquellas canciones: 1ª “Gloria, gloria, aleluya”; y 2ª “Por el camino de México”). Gracias.
Adolfo Martínez García
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