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jueves, 14 de enero de 2016


       


   Recientemente he encontrado un viejo escrito dedicado a la memoria de un amigo que había fallecido trágicamente cuatro años atrás. Tanto lo guardé que lo tenía perdido.

   Por entonces, impresionado aún por su fatídico destino, esbocé un cuadro al óleo exaltando sus virtudes y aficiones, y en donde él, ensombrecido entre la nieblina de la irrealidad  y rodeado de algunos angelillos, permanecía sentado entre nubes tañendo su guitarra. Abajo, permanecía lanzada su caña de pescar, su fiel perro de caza, “Gringo”, y su escopeta, en una alegoría quimérica donde  insinuaba su ausencia en el vacío de un vaso y una  ciudad solitaria, mientras  una musa imploraba por él ante un reloj de la vida.  
   Hoy  mecanografío aquel manuscrito tal y como lo encuentro. Lleva de fecha: domingo 17 de junio de 1979.


                            RECORDANDO A AGUSTÍN MERLOS ALARCÓN

   “Hace mucho tiempo que no he ido a pescar. Él y yo solíamos hacerlo a menudo. Él me inculcó ese deporte de paz y paciencia. Y en las largas tardes de verano solíamos viajar hacia el pantano  de Alarcón. En sus riberas pobres y arenosas clavábamos nuestras cañas preparadas con cascabel y masillas  y, tranquilamente, mientras comíamos algo que siempre él aportaba: un tomate de secano, con sal y un trago de vino tinto, esperábamos   el tirón de alguna carpa hambrienta.

   ¡Jamás borraré de mí esos recuerdos de compañerismo, de amistad, de aventuras! Y cuántas veces volvíamos tan serios, con la esperanza de ser más afortunados otro día, porque el viento, la temperatura variable, o mil cosas más que habían ocurrido, empujaban a las ansiadas piezas vestidas de escamas a su letargo pasajero y desesperante.

   Igualmente, en otros periodos del año íbamos a su “Portillejo” a buscar setas, espárragos, o cazábamos conejos.
   Y sus ganas de vivir, su amor al mundo, a la naturaleza y a su belleza, te contagiaban y emborrachaban de libertad, de amor a los animales, de emociones dispares, de paz y alegría.


  Era un juglar de dichos y recuerdos. ¡Y son tantos los que nos unen a él! Parece que cualquier día, como antes, lo vamos a ver entrar en la cafetería “Nidos”  a contarnos sus pensamientos y hacernos reír con sus ocurrencias. Quisiéramos…, inútilmente,  que fuera quimera lo que fue tragedia y se lo llevó para siempre.

   Aún me parece verlo entre la luz clara y azul del amanecer de un domingo de pesca, observando los vencejos que surcaban libres ese cielo diáfano, reflejado en las aguas dormidas de Alarcón.

   Porque tu cuerpo ha desaparecido, Agustín, aunque esté en el recuerdo y éste sea aire y sueño…; pero tus hechos, tus dichos, tus ocurrencias y los buenos ratos junto a tu entrañable personalidad, están entre nosotros, entre tu familia y tus amigos; en mí. No puede irse, no puede borrarse una vida entera de alegría, de sueños, de proyectos, de amor.

   Vives en la memoria de tu gente, de tu familia y tus amigos, en ese mundo de tiempo sin espacio que ya pasó, y para volver a él hay que llorar en recuerdos; pero vives todavía porque existes en nuestros corazones.
   ¡Cómo olvidar tantos días de amistad, de viajes al campo, de charlas, de creaciones para aquella carroza, …de pesca!

   Recuerdo un día… que al llegar al pantano por la carreterilla estrecha que sale de Honrubia, una extensa visión de aguas tranquilas nos gozaba el espíritu. Habíamos dejado atrás los campos sembrados de girasoles: una extensión amarillenta de siluetas inclinadas hacia el Sol que invadían las riberas y márgenes de nuestro camino.

   Buscábamos un lugar protegido  del viento y del sol, con árboles; y mientras la “Lobi”, la perra pastor alemán que yo tenía, corría e inspeccionaba aquellos parajes, Agustín y yo limpiábamos el suelo donde montaríamos nuestra pequeña tienda de campaña.

   Era una tarde moribunda y caliente de Julio. Los pálidos reflejos del Sol sobre las aguas se rompían bruscamente ante el fuerte timón de las carpas, incitándonos a dejar rápidamente nuestros preparativos de acampada, bajando a lanzar los anzuelos de nuestras cañas de pesca, esperando con emoción el “tirón” y la consiguiente lucha de la carpa o el barbo contra nosotros.

   Remangados los pantalones y con los pies descalzos estuvimos más de una hora sin conseguir nada. Teníamos cada uno dos largas cañas de bambú, una clavada en la arena fangosa por su portacañas metálico, con un cascabel atado en la punta extrema para que nos avisase con su sonido si picaba algún pez; y la otra  la sosteníamos en nuestras  manos ansiosas de capturas, alejados de las primeras  unos quince o veinte metros. ¿Cuál sería el primero de nosotros en sacar una pieza? ¿Y cuál habría pescado más al final de la tarde?

   Los minutos pasaban y nos mirábamos desafortunados y desesperanzados, pues no picaba nada. Les cambiábamos a los anzuelos las masillas de patata cocida por unas largas lombrices, y al buen rato, ante el fracaso,  hacíamos lo contrario con los cebos. Y esperábamos impacientes otros resultados más favorables.  Pero nada.


   De pronto, una de las finas y flexibles cañas de bambú que habíamos dejado solas, la de Agustín, se empezó a arquear fuertemente. El cascabel sonaba insistentemente con su alegre llamada de atención. Entonces clavamos precipitadamente en el suelo las cañas que portábamos en las manos, y  corrimos veloces por la orilla hasta el lugar donde una carpa muy grande luchaba con fuerza. Era enorme y con su gran vigor doblaba la caña muchísimo, pues pretendía escaparse buscando el refugio de las profundidades del pantano. Pero la caña estaba bien sujeta al portacañas y  éste estaba atrancado y presionado  con tres grandes piedras para que no pudiera ser arrancado por los  grandes peces.

   Agustín cogió la caña y con maestría y destreza cansaba a la carpa paulatinamente, atrayéndola con suavidad cuando el pez cesaba de estirar por agotamiento. “La Lobi” ladraba a tanto movimiento, vocerío y lucha, ambientando o entorpeciendo el momento. Al final la sacó Agustín por la playeja de lodo, mientras el animal coleteaba y se retorcía inútilmente. Le desclavó con cuidado el anzuelo y metió a la carpa en un cubo con agua para que no muriera. ¡Nos regocijábamos y admirábamos del tamaño que tenía el pez cobrado! ¡Qué alegría después de tanto esperar!

   Pero cuando volvimos al lugar donde habíamos clavado precipitadamente en la arena las otras cañas que teníamos en las manos, vimos una señal de arrastre en la arena del suelo dirigiéndose hacia el agua, y la caña de Agustín había desaparecido. Miramos un poco dentro del agua, hasta donde creímos prudente entrar. Y allí no estaba. Otra enorme carpa había picado y como la caña estaba sola, el animal había arrastrado hasta el fondo el sedal y la caña.

   Nuestros rostros cambiaron por un momento en múltiples muecas de sorpresa, de incertidumbre, de  rabia, de resignación.

  Por la noche, nos cobijamos en mi pequeña tienda de alta montaña y como no quise, por higiene,  que la perra durmiera dentro con nosotros en una tienda tan pequeña, la dejé fuera, junto a la puerta, pero atada con su cadena a mi tobillo para que si intentaba marcharse en la noche yo me despertara; pues si la hubiese atado a un viento de la casa de lona, lo habría arrancado de un tirón y hubiera destrozado la instalación.

   A media noche, cuando estábamos durmiendo plácidamente, algún ratón, conejo, búho o cualquier otro animal nocturno, puso a la “Lobi” en guardia y me dio un tirón impresionante que casi me saca de la tienda. Agustín se reía a carcajada limpia diciéndome:

  ―¡Vaya ocurrencia! ¡Atarte la perra a un tobillo!

    Amaneció, y antes de que yo me levantara, mi amigo ya estaba pescando.
  Su silueta delgada y alta, con el pelo anillado y cubierto con una pequeña boína negra, portando con sus largos brazos la larga caña que le quedaba, destacaba en contraluz oscuro sobre el agua azul platino, con un cielo surcado de madrugadores vencejos y nubes de algodón rojizo, endulzando el paisaje de aquella inolvidable vez, de aquel día hermoso que no volverá jamás."

   ADOLFO MARTINEZ GARCÍA

1 comentario:

  1. 40 años han pasado, y no hay día que no nos acordemos de él, todos nos vamos a ir algún día, ¡pero hay gente que deja mas huella que otros¡, yo conviví con el 13 años, pero fui al pantano, a pescar cangrejos, y a cantar algunas canciones con la guitarra española o la eléctrica, con su fiel perro "gringo", su boina, y su vaso de vino. Y como solía decir de Broma"...en el mundo hay 3 personas buenas...... Jesucristo, mi tio Miguel y yo". y AHORA ESTÁN LOS TRES JUNTICOS

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