lunes, 27 de junio de 2016




EL CERNÍCALO Y LA BOLA DE LA TORRE

El cernícalo delante del agujero del Sur
Disfrutábamos hace unas semanas de las curiosas fotografías que  oportunamente realizó mi hijo Adolfo de “la bola de la torre”  en las que se observaba  cómo un cernícalo tenía su hogar dentro de la esfera  hueca, entrando  y saliendo a placer por un agujero existente bajo su ecuador, visible especialmente por la parte sur.

   Era lógico deducir  que ese agujero sería el resultado del desgarro de un trozo de la chapa metálica que forma la bola, seguramente  hecho a propósito en alguna de las subidas a la cima de la torre para así conseguir la documentación que se custodiaba en su interior; o que dicho agujero podría deberse a estar abierta  la puerta de la esfera, pues es bien sabido que existe esa entrada.




Vista del desgarro de la chapa y su agujero del sur.
   Pero ya en una de las pasadas ascensiones a la bola de la torre, (en 1743), se hizo constar en el acta de la subida que no se había podido abrir la puerta por estar asegurada con bastantes tornos, y para rescatar el cilindro metálico del interior de la esfera que contenía las actas de las subidas anteriores, monedas y otros objetos, tuvieron que hacerlo a través de un agujero cuadrado:

“…puesto todo en un bote de plomo y soldado por ambas partes…entrándose por un agujero cuadrado que cae al norte…”

  Efectivamente, por el Norte se aprecia un agujero bien cuadrado y mucho más pequeño que el de la parte sur, por el que baja un recio cable metálico, seguramente del pararrayos que se instaló en el año 1906  y aprovecharían la existencia de ese agujero.
   Podría pensarse que ya existía el agujero cuadrado en la subida del año 1743, o que lo hicieron adrede, dado que no pudieron abrir la puerta, cortando limpiamente la chapa para extraer el mencionado "bote" o cilindro y así poder añadirle el acta levantada de la subida de ese año.

   Está claro que por dicho agujero  pudieron introducir un brazo para recoger el cilindro y después volverlo a dejar en su interior.

  Pero, ¿y este otro agujero más grande, situado hacia el sur y en el que se aprecia la chapa desgarrada, doblada y entreabierta, por la que entra y sale a su antojo “el cernícalo de la torre”? ¿Podríamos pensar que también se hizo adrede en otra subida posterior, ya que en el agujero del norte, atravesado por el recio cable mencionado, no podría introducirse bien el brazo para sacar otra vez el famoso cilindro estañado y colocar la nueva acta de subida?

La bola y la cruz remataron las obras de la torre
   De una forma u otra, ahí está este misterioso agujero que  ahora gana protagonismo con el cernícalo, y es lo suficientemente amplio  para poder coger o dejar el tubo estañado de los documentos y otros objetos allí depositados.

   La parte superior de la bola no podemos verla desde abajo y no recuerdo que alguien la haya fotografiado. Tal vez esté allá arriba la famosa puerta que no se pudo abrir hace ya doscientos setenta y tres años. Observando mejor la bola con los prismáticos parece dibujarse una posible puerta con forma de medio uso esférico,  hacia el este y por encima de su ecuador, muy marcada en su contorno por bastantes cabezas de tornos.


   A través de las fotografías de mi hijo y otras que se  publicaron anteriormente en los “libros de fiestas” y reproduzco ahora para ilustrar este artículo, volvemos a meditar o reflexionar sobre esta gran esfera hueca que remató con su cruz el final de la construcción de nuestra soberbia torre ¡en el año 1624! (Y corrijo aquí la fecha que hasta hoy había dado por buena en mis escritos sobre la iglesia (1634), sugerida y bien razonada por otro autor local, cuyos lógicos razonamientos nos convencieron a todos, aunque sin la documentación original de la época, salvo el acta del cura con la fecha equivocada).

   Pero la colocación de la bola y la cruz y veleta no fue el final de las obras del templo, pues aún quedaban por construirse las bóvedas,  que se levantaron  en años posteriores, igual que  la gran cúpula del crucero o media naranja, etc.

 
Año 1906.Haciendo equilibrios sobre la cruz.
  He escrito el año 1624 el de la subida y puesta de la bola y cruz como remate del chapitel de la torre que debería figurar en  el primer documento testimonial que existe archivado en el famoso cilindro y fue redactado  con motivo de ese acontecer. Pero todos sabemos que en dicho documento el cura redactor olvidó poner las decenas  del año de la colocación, pues escribió sólo los ordinales del 1604; y  no pudo ser en  el año 1604―como ya apuntó nuestro recordado Inocencio Martínez Angulo― porque los personajes que se mencionaban en el acta como contemporáneos en aquel momento histórico,
(el papa Urbano VIII, que lo fue desde 1623 a 1644; el obispo de Cuenca Enrique de Pimentel, desde1622 hasta 1643; el mayordomo de las obras Antonio de Monteagudo y el cura del templo Lorenzo Martínez), no coincidieron en sus cargos ni en 1604, ni en 1614; y sólo pudo ser en 1624 y 1634.

 
Año 1949. Hombre subido sobre la bola.
  Y  deduzco que tuvo que ser en el año 1624, dado que,
según mis últimas investigaciones, en el año 1627  ya se hicieron varios pagos por  el trabajo de haber puesto anteriormente la bola y la cruz. También por el dorado de ambas a un dorador que gastó más de veinticinco mil maravedíes en su trabajo; y luego fue supervisado dicho trabajo por “un veedor”  que certificó estar bien doradas la bola y la cruz.

   (También cobró “el maestro de cantería” encargado de las obras del chapitel durante aquellos años, a cuenta de su dirección y trabajo; aunque su identidad, como las de los otros arquitectos que le precedieron y por consiguiente fueron sucediendo a Pedro de Zabala el que en 1581 se adjudicó la subasta de las obras de la torre, además de muchos otros detalles curiosos, no revelo de momento, ya que merecen ser objeto de un estudio más profundo  y pormenorizado, y no puede realizarse en este artículo).


    
Subida del año 1981
El recuerdo de las fotos del cernícalo en su metálico nido, nos siguen incitando para mirar hacia arriba cuando pasamos cerca de nuestra hermosa torre, deseosos de  ver  a la beneficiosa rapaz posándose majestuosa en la puerta de su nueva casa; o de admirarla por el cielo limpio de la cruz,  surcándolo  en vuelo persecutorio contra las  destructivas palomas  que día a día deterioran con sus excrementos la obra centenaria de la iglesia. ¡Bien pudiera decirse que este "pequeño halcón" se ha convertido en un buen guardián y defensor del templo!

   Pero sobre todo,  nos hace ilusión mirar hacia el azul infinito para encontrarnos con la gran esfera metálica y hueca, con su forjada cruz que la atraviesa y se incrusta emplomada en los últimos sillares del chapitel. ¡Y ambas son orgullo de todos los rodenses, pues fueron aquí creadas hace trescientos noventa y dos años en los talleres de dos  artesanos locales!
   Sólo adelantar que el forjador de la cruz cobró en el año 1622, a cuenta del trabajo que debía hacer, 544 maravedíes y veinte fanegas de centeno. 

                                ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA

sábado, 30 de abril de 2016


UN AÑO EQUIVOCADO
A veces, y sin llegar a investigar más profundamente, damos  por cierto y correcto un determinado año que alguien nos transmite  informando  de algún hecho local importante.

   Si..., finalmente, ese año transmitido resultase  erróneo, como es el caso que deseo exponer en este artículo, no tendrá mayor importancia  y transcendencia para nuestras vidas cotidianas; pero sí que afecta a la veracidad cronológica de nuestra historia local, aunque ésta sea muy humilde y desconocida. (Desconocida por lo difícil que es recomponerla ante la escasez de fuentes locales originales, que suponemos serían destruidas en épocas pasadas de guerras: de la independencia, carlistas,… o perdidas en archivos desconocidos).

   Por ello y para ser fieles a los pocos hechos que conocemos de nuestro pasado, hay que corregir una fecha que está alterada en diez  años de diferencia.

   A través de una sola fuente, que era una copia mecanografiada en 1963 de un documento original del siglo XVII, se dio por cierta la fecha en la que ocurrió un hecho significativo para nuestra localidad, ya que en dicha copia existía una correcta redacción acorde a la época en la que ocurrían los hechos  y reflejaba una serie de personajes históricos reales y conocidos. ¿Por qué iba a pensar alguien que estaba el año equivocado?

   Quienes estén muy puestos en nuestros escasos acontecimientos locales dignos de resaltar, posiblemente habrán adivinado ya que se trata de la famosa visita a La Roda de la reina de España doña Mariana de Austria.
Mariana de Austria pintada por Velázquez
tres años después de pasar por La Roda.
   A mí, como a otros muchos rodenses, también me llegó una de aquellas copias mecanografiadas del documento antiguo que se decía perteneciente a la “Memoria de los Carrascos y Alcañabate” y en el que se reflejaba haber ocurrido  aquella visita regia en el año  1659.

   Se especificaba que lo copiado a máquina pertenecía al documento original escrito por don Jorge Carrasco Alcañabate y Vera, en cuya casa y año durmió la reina de España.

   De dicho escrito del hidalgo rodense   se había hecho aquella moderna copia mecanografiada (según rezaba en un añadido final) el  día “…siete de febrero de mil novecientos sesenta y tres, la víspera de la llegada a esta villa de la reliquia de Santa Teresa de Jesús, de paso para Fuensanta Y Villanueva de la Jara…” ; y dicha copia fue a su vez repetida varias veces y  divulgada entre algunas personas de La Roda, relacionando y recordando el paso de Santa Teresa por esta localidad  en 1580 y su supuesta estancia en la casa de los “Carrasco y Alcañabate”,  con la visita de la reina Mariana de Austria a La Roda y su estancia en la misma casa “de la cuesta de la iglesia” el domingo día 26 de septiembre de 1659.
Reliquia de Santa Teresa
 que guarda su mano incorrupta.

   Como posteriormente, en 1978, en el libro de Enrique García Solana “Biografía del Noroeste de la provincia de Albacete”, se mencionaba y reproducía aquel documento de la visita real , pero alterando el año de la misma en dos lustros más, pues decía que fue en el año 1669;  e igualmente volvió a modificarse después el año de dicho documento en el libro de Inocencio, datándolo en 1668; las dudas y recelos me invadieron, haciéndome pensar que posiblemente alguno de estos escritores habría podido tener acceso al documento original y por eso había modificado el año que claramente decía la primera copia mecanografiada; pero tampoco ellos coincidían en el año. ¡Y lo cierto era que la fecha del acontecimiento estaba escrita en tres años diferentes: 1659, 1668 y 1669!

   Personalmente, inmerso en una gran duda y sin tener acceso al documento original que jamás he visto, me limité a transmitir la existencia de aquella copia mecanografiada de “las memorias de los Carrasco y Alcañabate” que había llegado a mis manos y así lo reflejé con su fecha primera de 1659 en mi libro “Paseo de reflexiones por la historia de La Roda”; aunque posteriormente y ya tarde, encontré que estaban aquellos tres años equivocados y, efectivamente, se debía a un  error de transcripción del autor de la copia.

   Casi siempre,  tras una mala  catalogación o error en la cronología, se esconde un problema de identificación y por lo tanto de desconocimiento de la verdad. Y no es fácil encontrar una pista correcta que nos lleve a esa verdad si las fechas están mal copiadas o alteradas por alguna suposición.

   Con esta dificultad me tropecé también durante muchos años al querer encontrar en diversos archivos “La película de La Roda” de la que tanto me había contado mi madre, Antonia García Carrasco, pues, siendo filmada dicha película en el año 1933,  estaba catalogada como del 1937 y con un título desconocido; fecha esta en la que fueron enviados a Rusia y  así protegidos muchísimos documentos y filmes republicanos entre los que estaba el documental  rodeño. Finalmente pude hallarla tras seguir varias pistas encontradas en Internet  y el pueblo pudo admirarla en el memorable acto cultural del día 21 de septiembre de 2013 en el auditorio de la Casa de la Cultura.

   Algo parecido ocurría con este trío de años diferentes en los que nos dijeron ocurrió  la visita de la reina de España. Por ello, ante la gran duda surgida sobre cuál año fue el correcto, seguí investigando pacientemente ese minúsculo detalle temporal; aunque mayúsculo, histórica y cronológicamente hablando.

   Tomándome mi tiempo con generosidad e investigando los oportunos calendarios, saqué la conclusión de que aquella visita real  del domingo 26 de septiembre fue imposible  que ocurriera en el año 1659, ya que ese día fue viernes; ni en el 1668, pues ese día fue miércoles; así como en el año 1669  que fue jueves. ¡Luego fue imposible que ocurriera aquel acontecimiento en alguno de esos tres años!
 ¡Y tuvo que ser en el año 1649 en el que el día 26 de septiembre cayó en domingo! ¡Así de simple y de sencillo!
Calendario del año 1649 donde es domingo el día 26 de septiembre.

   La errónea transmisión histórica del supuesto año de la visita regia que reza en el documento mecanografiado, debió ser por  una equivocada transcripción en las decenas de los signos numéricos cuando  se deseó divulgarlo mecanografiado.

 
Libro de Jerónimo de Mascarenas en donde
consta  el viaje de Mariana de Austria en 1649.
  Con esta importante y correcta pista, seguí buscando más información sobre este determinado año y los viajes de la mencionada reina de España. Afortunadamente encontré en un archivo digitalizado una minuciosa crónica del viaje de la noble dama conformando el libro escrito por un clérigo del cortejo real, don Jerónimo de Mascarenas, que acompañó a la futura esposa del rey Felipe IV.

   En dicha crónica de la época, se mencionaba que ese domingo, día 26 de septiembre de 1649, la reina pasó la noche en casa del Carrasco de La Roda; ( si bien no mencionaba a don Jorge Carrasco y Alcañabate, sino a su primo don Juan,  que era don Juan Jerónimo Carrasco Ramírez de Arellano Heredia y Bazán, en cuya casa dijo don Jorge en su documento o memorias que estaba previsto dormiría la reina, aunque imprevisiblemente fue en su propia “casa de la cuesta de la iglesia”  en la que recayó tal honor).
Parte del texto donde se menciona la estancia en La Roda de Mariana de Austria
el domingo día 26 . 
   Dando por buena la transcripción  del mencionado escrito mecanografiado, salvo en el error del año, que fue el 1649, se deduce que dicha memoria o recuerdo de la visita real había ocurrido hacía ya tiempo, y por eso  su autor, don Jorge, mencionaba a doña Mariana de Austria siendo  ya la viuda de Felipe IV ( + 1665) y  siendo entonces  reina regente como madre del rey menor de edad,  Carlos II.
   ¡Se habían pasado ya bastantes años desde que ocurrió la visita y don Jorge, simplemente, la recordaba para gloria de sus descendientes!

   Fue un viaje muy anunciado y muy bien programado en su trayecto desde Viena hasta Madrid para la que sería la segunda esposa del rey Felipe IV.
El rey de España Felipe IV que se casó  en segundas
nupcias con su joven sobrina Mariana de Austria.
(Pintado por Velazquez).

   La prometida tenía entonces catorce  años de edad y era  sobrina carnal del rey: hija de su hermana doña  María Ana de España, esposa del emperador Fernando III del Sacro Imperio Romano Germánico.

   El día 4 de septiembre desembarcó esta jovencísima futura reina y su séquito  en el puerto de Denia, después de haber salido a finales de agosto del puerto italiano de Finale, al que llegó desde Viena tras un largo recorrido por tierra; y finalmente entró en Madrid el 15 de noviembre.

   Todas las localidades por las que pasaría la futura reina, habían previsto con tiempo diversos festejos, fuegos artificiales, corridas de toros, inauguraciones… como la del pósito rodense, etc.

 
Jamba de sillares aún existente que sujetaba la puerta
que cerraba la Plaza Mayor en las antiguas fiestas de toros,
 como la ofrecida en 1649 a Mariana de Austria. 
  En la minuciosidad con que está escrita la crónica y libro del clérigo acompañante  de doña Mariana de Austria confirmé  sin duda alguna el día, mes y  año concreto que únicamente era posible y ya me había informado el calendario.

    También nos recuerda en Internet la villa de El Provencio este viaje de la reina y su estancia a los dos días siguientes del de  La Roda, como muy bien se reflejó en la mencionada crónica de la época, habiendo pernoctado antes en la villa de Minaya. (Parte de este texto de la página del libro y  crónica del siglo XVII lo reproduzco en este artículo como prueba fehaciente de aquel acontecimiento).

   Y así continúa la crónica relatando con detalle el viaje de la futura soberana en aquel año de 1649. Aunque, posteriormente, tras trescientos catorce años pasados, en la víspera de la llegada a La Roda de la mano incorrupta de Santa Teresa, en 1963, se mecanografiara mal la transcripción del año del documento en una decena más.

   Cuando finalmente llegué a descubrir esta verdad y corrección histórica que ahora publico y en justicia habrá de tenerse en cuenta a partir de hoy, sentí una grandísima satisfacción que me compensó del largo tiempo empleado, pero nunca perdido.

                        ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA

lunes, 7 de marzo de 2016


RECORDANDO A MONSALVE
El viernes, día 4 de marzo de 2016,  pasadas las dos del mediodía, fallecía en la Residencia Virgen de los Remedios de La Roda nuestro amigo Antonio Monsalve Marchante por la cruel enfermedad degenerativa conocida como  ELA (esclerosis lateral amiotrófica) ; y en la tarde del día siguiente despedíamos  su cuerpo para siempre en el cementerio rodense, donde  quería ser enterrado, aunque su familia yace en el de Albacete.
   Somos muchísimas las personas que tuvimos una dilatada amistad con Antonio en una u otra época de su vida y guardamos en nuestra mente y corazón hermosos recuerdos junto a él.
   En nuestros juegos callejeros  de adolescencia en los que imperaban las carreras y los saltos, Antonio era el amigo más veloz. Era muy difícil llegar hasta él y “pillarlo”, como decíamos  en el argot de aquellos inocentes juegos, mientras que a nosotros nos alcanzaba bien pronto.


Año 1960.En la Semana de la Juventud.
En consecuencia,  en las competiciones de atletismo a las que asistíamos todos los años por la  “Semana de la Juventud” y que se celebraban en las pistas de ceniza de Albacete, competía siempre en las carreras de velocidad, en los cien y doscientos metros lisos. Y en los 4x100 siempre corría el último relevo porque era el mejor velocista.

   Aunque el atletismo era el deporte que más practicábamos, mientras a algunos de sus amigos nos dio por jugar también al fútbol, él se interesó apasionadamente  por un deporte más desconocido en la localidad: el baloncesto, al que dedicó más tiempo de estudio y promoción.


Año 1962. Campeones provinciales relevos 4x100
    Se  interesó  seriamente por aprender el idioma inglés, acudiendo a  las clases particulares de don Doroteo, adquiriendo una extensa cultura general;  destacándose ampliamente por su memoria prodigiosa.

 Muy entendido en tauromaquia, cine o fotografía, le gustaba mucho viajar y captar insólitas imágenes de la naturaleza; practicó mucho la acampada libre, compaginando perfectamente su tiempo y oficio de tintorero con sus aficiones.

   Favoreció en la localidad la implantación definitiva  y  el desarrollo progresivo del Baloncesto. Enseñando su reglamento, formando árbitros, anotadores y entrenadores; orientando la creación de equipos, colaborando activamente en la organización y  desenvolvimiento  de las competiciones locales y provinciales, tanto escolares como federadas. Creó la escuela de baloncesto y gracias a Antonio este deporte se arraigó definitivamente en nuestra localidad.
  En justa compensación, ¡sería loable que en La Roda algún torneo o instalación deportiva baloncestística llevara el nombre de Antonio Monsalve!

Año 1961. Excursión a Alarcón con la Academia Cervantes.

Año 1961. Cantando en Alarcón

   En los comienzos del Club Polideportivo, cuando éste se llamaba “Doncel”, además de la sección de baloncesto, “Monsalve” llevaba la secretaría del club y nos ayudaba en todo lo que podía a las demás secciones. Con su ayuda marcábamos con tierra blanca las rudimentarias pistas de atletismo sobre el campo de fútbol mediante  una “máquina casera” que él llamaba infernal; o nos ayudaba de juez, cronometrando las llegadas de las carreras, entre otras actividades.
Año 1973. Llegada infantil de los mil metros lisos
Año 1973.Llegada senior de 1500.

   Además del deporte, sus colaboraciones con la cultura abarcaron una amplia gama de actividades: desde participar activamente en algunas funciones teatrales que promovía Juan Martínez o Roque Navarro, hasta  repartir  en equipo  los regalos de navidad o de reyes magos por las casas de los niños.

   Cada uno de sus amigos y amigas tenemos muchos lazos diferentes que nos unieron a su vida y ahora  a su recuerdo, pues era un hombre muy  rico en matices y cualidades humanas: buena persona, comprensivo, fiel amigo, sincero, generoso, gran conversador, entusiasta y benévolo  con los proyectos de los demás…; y a lo largo de su despiadada enfermedad -algo endulzada por el exquisito trato y cuidados recibidos en la Residencia  Virgen de los Remedios- nos ha dado el máximo ejemplo de resignación cristiana, humildad, callado sufrimiento y gigantesca  entereza.

   Como otros muchos amigos suyos de diversas épocas, más antiguas o más modernas, guardo  miles gratos recuerdos junto a él, especialmente de nuestros años de  juventud. Y algunos de aquellos momentos quedaron grabados para siempre en oportunas fotografías que he buscado ansioso y ahora muestro para perpetuar mejor su recuerdo; aunque estas instantáneas no sean suficientes para conocer tantos momentos afables de su vida.
Año 1963. Veraneantes y vecinos de "El Carrasco" en la feria de Tarazona.
 
En las balsas de "La Molineta": Gabriel Ruiz, Antonio Cebrián, Antonio Monsalve, Ángel Sotoca niño, Benedicto, Adolfo, Andrés Sánchez e Isidoro.
  Y ahí lo vemos en competiciones de atletismo; en una excursión  de la Academia Cervantes a Alarcón; en la feria de Tarazona con la entrañable gente de “El Carrasco”; en la boda de Saturnino, hijo del alcalde pedáneo de “El Carrasco”; en un día de baño en las balsas de “La Molineta”; pescando en el pantano de Alarcón; en el “Castilla Park” durante una alegre “Nochevieja” junto a otro amigo de la pandilla: Antonio Vázquez, que fue el primero en desaparecer. 
Año 1966. Nochevieja en el Castilla Park.
 
Año 1967. En la boda de Saturnino, hijo del alcalde pedáneo de "El Carrasco".
Año 1974. Pescando en el pantano de Alarcón.
 
Año 1980. Primer cursillo de natación en la piscina del Hostal Blanco.


Lo vemos  en el chalet de  Pepe Aguado junto a Agustín Merlos; o en el primer cursillo de natación, año 1980. en la piscina del Hostal Blanco. ¡Seguramente esos niños y niñas de entonces no habrán olvidado aquel insólito verano y a su arriesgado monitor! Nosotros no lo olvidamos.

   Pero  nada podemos hacer ya por Monsalve, salvo rezarle los creyentes  y  revivirlo todos en la memoria mientras existamos. Y mejor aún sería, leyendo su legendario nombre en algún torneo o pabellón deportivo del pueblo. 
   Con el máximo respeto y cariño le dedico estos recuerdos.

             ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA

jueves, 14 de enero de 2016


       


   Recientemente he encontrado un viejo escrito dedicado a la memoria de un amigo que había fallecido trágicamente cuatro años atrás. Tanto lo guardé que lo tenía perdido.

   Por entonces, impresionado aún por su fatídico destino, esbocé un cuadro al óleo exaltando sus virtudes y aficiones, y en donde él, ensombrecido entre la nieblina de la irrealidad  y rodeado de algunos angelillos, permanecía sentado entre nubes tañendo su guitarra. Abajo, permanecía lanzada su caña de pescar, su fiel perro de caza, “Gringo”, y su escopeta, en una alegoría quimérica donde  insinuaba su ausencia en el vacío de un vaso y una  ciudad solitaria, mientras  una musa imploraba por él ante un reloj de la vida.  
   Hoy  mecanografío aquel manuscrito tal y como lo encuentro. Lleva de fecha: domingo 17 de junio de 1979.


                            RECORDANDO A AGUSTÍN MERLOS ALARCÓN

   “Hace mucho tiempo que no he ido a pescar. Él y yo solíamos hacerlo a menudo. Él me inculcó ese deporte de paz y paciencia. Y en las largas tardes de verano solíamos viajar hacia el pantano  de Alarcón. En sus riberas pobres y arenosas clavábamos nuestras cañas preparadas con cascabel y masillas  y, tranquilamente, mientras comíamos algo que siempre él aportaba: un tomate de secano, con sal y un trago de vino tinto, esperábamos   el tirón de alguna carpa hambrienta.

   ¡Jamás borraré de mí esos recuerdos de compañerismo, de amistad, de aventuras! Y cuántas veces volvíamos tan serios, con la esperanza de ser más afortunados otro día, porque el viento, la temperatura variable, o mil cosas más que habían ocurrido, empujaban a las ansiadas piezas vestidas de escamas a su letargo pasajero y desesperante.

   Igualmente, en otros periodos del año íbamos a su “Portillejo” a buscar setas, espárragos, o cazábamos conejos.
   Y sus ganas de vivir, su amor al mundo, a la naturaleza y a su belleza, te contagiaban y emborrachaban de libertad, de amor a los animales, de emociones dispares, de paz y alegría.


  Era un juglar de dichos y recuerdos. ¡Y son tantos los que nos unen a él! Parece que cualquier día, como antes, lo vamos a ver entrar en la cafetería “Nidos”  a contarnos sus pensamientos y hacernos reír con sus ocurrencias. Quisiéramos…, inútilmente,  que fuera quimera lo que fue tragedia y se lo llevó para siempre.

   Aún me parece verlo entre la luz clara y azul del amanecer de un domingo de pesca, observando los vencejos que surcaban libres ese cielo diáfano, reflejado en las aguas dormidas de Alarcón.

   Porque tu cuerpo ha desaparecido, Agustín, aunque esté en el recuerdo y éste sea aire y sueño…; pero tus hechos, tus dichos, tus ocurrencias y los buenos ratos junto a tu entrañable personalidad, están entre nosotros, entre tu familia y tus amigos; en mí. No puede irse, no puede borrarse una vida entera de alegría, de sueños, de proyectos, de amor.

   Vives en la memoria de tu gente, de tu familia y tus amigos, en ese mundo de tiempo sin espacio que ya pasó, y para volver a él hay que llorar en recuerdos; pero vives todavía porque existes en nuestros corazones.
   ¡Cómo olvidar tantos días de amistad, de viajes al campo, de charlas, de creaciones para aquella carroza, …de pesca!

   Recuerdo un día… que al llegar al pantano por la carreterilla estrecha que sale de Honrubia, una extensa visión de aguas tranquilas nos gozaba el espíritu. Habíamos dejado atrás los campos sembrados de girasoles: una extensión amarillenta de siluetas inclinadas hacia el Sol que invadían las riberas y márgenes de nuestro camino.

   Buscábamos un lugar protegido  del viento y del sol, con árboles; y mientras la “Lobi”, la perra pastor alemán que yo tenía, corría e inspeccionaba aquellos parajes, Agustín y yo limpiábamos el suelo donde montaríamos nuestra pequeña tienda de campaña.

   Era una tarde moribunda y caliente de Julio. Los pálidos reflejos del Sol sobre las aguas se rompían bruscamente ante el fuerte timón de las carpas, incitándonos a dejar rápidamente nuestros preparativos de acampada, bajando a lanzar los anzuelos de nuestras cañas de pesca, esperando con emoción el “tirón” y la consiguiente lucha de la carpa o el barbo contra nosotros.

   Remangados los pantalones y con los pies descalzos estuvimos más de una hora sin conseguir nada. Teníamos cada uno dos largas cañas de bambú, una clavada en la arena fangosa por su portacañas metálico, con un cascabel atado en la punta extrema para que nos avisase con su sonido si picaba algún pez; y la otra  la sosteníamos en nuestras  manos ansiosas de capturas, alejados de las primeras  unos quince o veinte metros. ¿Cuál sería el primero de nosotros en sacar una pieza? ¿Y cuál habría pescado más al final de la tarde?

   Los minutos pasaban y nos mirábamos desafortunados y desesperanzados, pues no picaba nada. Les cambiábamos a los anzuelos las masillas de patata cocida por unas largas lombrices, y al buen rato, ante el fracaso,  hacíamos lo contrario con los cebos. Y esperábamos impacientes otros resultados más favorables.  Pero nada.


   De pronto, una de las finas y flexibles cañas de bambú que habíamos dejado solas, la de Agustín, se empezó a arquear fuertemente. El cascabel sonaba insistentemente con su alegre llamada de atención. Entonces clavamos precipitadamente en el suelo las cañas que portábamos en las manos, y  corrimos veloces por la orilla hasta el lugar donde una carpa muy grande luchaba con fuerza. Era enorme y con su gran vigor doblaba la caña muchísimo, pues pretendía escaparse buscando el refugio de las profundidades del pantano. Pero la caña estaba bien sujeta al portacañas y  éste estaba atrancado y presionado  con tres grandes piedras para que no pudiera ser arrancado por los  grandes peces.

   Agustín cogió la caña y con maestría y destreza cansaba a la carpa paulatinamente, atrayéndola con suavidad cuando el pez cesaba de estirar por agotamiento. “La Lobi” ladraba a tanto movimiento, vocerío y lucha, ambientando o entorpeciendo el momento. Al final la sacó Agustín por la playeja de lodo, mientras el animal coleteaba y se retorcía inútilmente. Le desclavó con cuidado el anzuelo y metió a la carpa en un cubo con agua para que no muriera. ¡Nos regocijábamos y admirábamos del tamaño que tenía el pez cobrado! ¡Qué alegría después de tanto esperar!

   Pero cuando volvimos al lugar donde habíamos clavado precipitadamente en la arena las otras cañas que teníamos en las manos, vimos una señal de arrastre en la arena del suelo dirigiéndose hacia el agua, y la caña de Agustín había desaparecido. Miramos un poco dentro del agua, hasta donde creímos prudente entrar. Y allí no estaba. Otra enorme carpa había picado y como la caña estaba sola, el animal había arrastrado hasta el fondo el sedal y la caña.

   Nuestros rostros cambiaron por un momento en múltiples muecas de sorpresa, de incertidumbre, de  rabia, de resignación.

  Por la noche, nos cobijamos en mi pequeña tienda de alta montaña y como no quise, por higiene,  que la perra durmiera dentro con nosotros en una tienda tan pequeña, la dejé fuera, junto a la puerta, pero atada con su cadena a mi tobillo para que si intentaba marcharse en la noche yo me despertara; pues si la hubiese atado a un viento de la casa de lona, lo habría arrancado de un tirón y hubiera destrozado la instalación.

   A media noche, cuando estábamos durmiendo plácidamente, algún ratón, conejo, búho o cualquier otro animal nocturno, puso a la “Lobi” en guardia y me dio un tirón impresionante que casi me saca de la tienda. Agustín se reía a carcajada limpia diciéndome:

  ―¡Vaya ocurrencia! ¡Atarte la perra a un tobillo!

    Amaneció, y antes de que yo me levantara, mi amigo ya estaba pescando.
  Su silueta delgada y alta, con el pelo anillado y cubierto con una pequeña boína negra, portando con sus largos brazos la larga caña que le quedaba, destacaba en contraluz oscuro sobre el agua azul platino, con un cielo surcado de madrugadores vencejos y nubes de algodón rojizo, endulzando el paisaje de aquella inolvidable vez, de aquel día hermoso que no volverá jamás."

   ADOLFO MARTINEZ GARCÍA

viernes, 16 de octubre de 2015


EL MOJÓN DEL CERRO DE LOS OBISPOS
   Muchas veces he empleado mi tiempo en pasear por viejos parajes históricos de nuestro término municipal: el camino romano, las cañadas reales y veredas…, y muy especialmente por un punto determinado que, por su propio nombre o por la leyenda que lo acompañaba, despertó siempre mi curiosidad. Como aquel famoso y original mojón mencionado por los rodenses del siglo XVI en las “Relaciones Topográficas de Felipe II”, que dijeron  partía los límites de tres diócesis: el Arzobispado de Toledo, y los obispados de Cartagena y Cuenca; “…y los dichos tres distritos hacen tres cuchillos y un triángulo en el dicho mojón de tal manera que congregados el dicho arzobispo y los dos obispos podrían estar y comer en una mesa de las ordinarias, y estar cada uno en su distrito…”

   Casi doscientos años después, (el 17 de junio de 1787), el clérigo albacetense Fernando Pérez informó al cartógrafo Tomás López sobre la villa de Albacete para su “Diccionario Geográfico de España”, repitiendo de aquel mojón histórico lo mismo que los de La Roda habían dicho en 1579, refiriendo la anécdota y leyenda de los tres obispos. Y se comprueba en sus palabras que, por entonces, ya  le daban un nombre propio al hito divisorio: “…se haya un mojón conocido por el “de los obispos”. Porque en él tocan las tres jurisdicciones; esto es, la de Albacete como obispado de Cartagena; la de Barrax como Arzobispado de Toledo; y la de La Roda, por el obispado de Cuenca; y en la antigüedad de las gentes tiene por tradición que los expresados Diocesanos se juntaron y comieron sentados cada uno dentro de su distrito…”

   Posteriormente, se comprueba que la gente había otorgado también el mismo nombre propio al cerro donde estaba el mojón: el “Cerro de los Obispos”, y así consta con este nombre en las actas y croquis topográficos de reconocimiento de mojones y líneas de términos municipales de los años 1871 y 1875, así como en los mapas actuales del Instituto Geográfico Nacional (escala 1:50.000).

   Medievalistas de prestigio piensan que esta elevación del “Cerro de los Obispos” es denominada en las antiguas fuentes: “… la Cabeçuela del Espartosiella de la Coxcoja, questa çerca del camino que va de Valaçote a San Clemeynte, en el cual mojon parten termino los de Alarcon e los de Alcaraz e de Chinchilla…”; (así es como se describe en la carta fechada en San Clemente el 1 de octubre de 1318, fijándose los términos entre Alarcón y Alcaraz, y ubicando el primer mojón en dicho lugar que, como he dicho, se identifica con el “Mojón de los Obispos”).

 
   
Del territorio del poderoso concejo de Alarcón, se independizó La Roda
  Claro, la gran pista de su identificación a través de los siglos creo que está en, además del paraje con sus nombres determinados, que partía los términos de Alarcón, Alcaraz y Chinchilla en 1318, como posteriormente siguió ocurriendo y ocurre en la actualidad, pues siguió partiendo los términos de los nuevos pueblos independientes y nacidos de aquellos tres grandes concejos: del de Alarcón surgió La Roda, y ambos eran pertenecientes al obispado de Cuenca; del de Alcaraz: San Clemente y posteriormente Barrax, pertenecientes al arzobispado de Toledo; y del de Chinchilla, se emancipó Albacete, pertenecientes ambos al obispado de Cartagena (hasta que se creara el propio obispado de Albacete e iniciara su periplo en el año 1950). 
 
   Aquella curiosidad y anécdota, de poder comer los obispos, juntos,  en donde estaba el mojón, tal vez sólo fuera una ocurrencia rodeña que nunca se hiciera realidad, y fuera una sencilla explicación gráfica y popular de nuestros regidores para que se entendiese mejor la curiosa confluencia de los tres distritos diocesanos en dicho triángulo y mojón. Aunque, doscientos cincuenta y siete años antes del escrito de las “Relaciones Topográficas de Felipe II”,  alguna vez, sí que estuvo en La Roda un obispo que no era el titular de la diócesis. Y fue en el año 1322, cuando pasando por esta población el obispo de Cartagena, determinó que nuestra parroquia se incorporara a su obispado; pretensión que le duró poco porque nuestro obispo conquense la reclamó y recuperó enseguida.

  Todos estos detalles e historias sobre el famoso mojón, despertaron enormemente mi curiosidad desde hace años, e intrigado seguí su pista en los mapas topográficos nacionales de escala 1:50.000 del Instituto Geográfico Nacional, números 764 y 765; y en ambos se encontraba y encuentra el vértice donde actualmente confluyen los términos municipales de Albacete, Barrax y La Roda, como los “tres cuchillos” y triángulo de los obispados que nos revelaron los regidores del siglo XVI. 
FOTOGRAFÍA  AÉREA DEL VISOR SIGPAC

   Y  allí, en la unión  de los tres “cuchillos” de los términos municipales mencionados debería  estar físicamente el famoso mojón. Y lo he buscado muchas veces. Pero ese punto que refleja el mapa, figura ubicado en un margen de la Cañada Real de La Mancha a Murcia y, entre las miles de grandes piedras que hay por allí amontonadas, esparcidas y tiradas, arrancadas del propio terreno en las labores cotidianas de la agricultura, etc., no es fácil encontrar lo que se busca.

Los grandes montones de piedras en los márgenes de la cañada
      El pasado 8 de junio, se publicó en el periódico provincial La Tribuna un magnífico artículo de Maite Martínez Blanco, titulado “En busca del mojón perdido”, que nos informaba de que unas brigadas de topógrafos del Servicio de Delimitaciones Territoriales del Instituto Geográfico Nacional estaban recorriendo el término municipal de Albacete para encontrar los correspondientes mojones existentes entre ese municipio y los 15 pueblos con los que linda y que figuran en las actas y cuadernos de trabajos realizados en el año 1871, archivados en  dicho instituto.
   Una vez encontrados los mojones correspondientes se les darían sus coordenadas GPS, con lo cual, aunque pudieran desaparecer alguna vez físicamente, permanecerían sus ubicaciones exactas. Es una modernización y actualización de los mismos mojones y de las mismas líneas divisorias que se dibujan entre ellos y separan los términos municipales de Albacete con sus 15 pueblos vecinos.

    Me he estado entreteniendo durante unos días en buscar o investigar en el archivo digitalizado del Instituto Geográfico Nacional, algunas actas topográficas y cuadernos de trabajo de esos años, 1871 y 1875, correspondientes al reconocimiento de los mojones y croquis de las líneas divisorias trazadas  por los topógrafos del Instituto Geográfico en las tres localidades mencionadas y vecinas, encontrando muchos datos desconocidos.
Poste indicador a lo largo de la cañada real.

  Describieron en 1871 el famoso mojón que nos ocupa, como “…un montón de piedras calizas de la misma forma y dimensiones que los anteriores, construido sobre un cimiento de calicanto antiguo, en el cerro de los Obispos y en la margen izquierda de la cañada de Murcia…”

   En 1875, se levantan otras actas y cuadernos de campo con sus croquis; por ejemplo, entre los términos de Barrax y La Roda,  en donde aparece el mismo mojón al final del recorrido, desde el cerro “Molino de Viento” al cerro “de los Obispos”, y se sitúa dicho histórico mojón al margen izquierdo de la cañada real de La Mancha a Murcia, (puede apreciarse claramente en la parte del croquis perteneciente al Instituto Geográfico Nacional, que se reproduce aquí debajo su parte final  por estar muy bien especificada la situación de la cañada y el mojón en el cerro “de los Obispos”.
Año 1875.CROQUIS TOPOGRÁFICO DE LA CALZADA Y EL MOJÓN

 Las visuales trazadas desde el mojón, y sus rumbos, fueron: al castillo de las Peñas de San Pedro 183 grados 0 minutos; a la torre de La Roda 333 grados 30 minutos; y a la torre de la Gineta 257 grados 45 minutos).

Montículo de tierra y piedras ; antiguo vértice geodésico
    Después de una serie de dudas y confusiones ante la localización de un montículo de tierra y piedras con cimiento de calicanto, parecido al mojón descrito en el acta de 1781, y después de estudiar varias tentadoras probabilidades, quedó para mí descartada su identidad con la del mojón buscado, porque no se ajustaba su ubicación con la apuntada por las comisiones locales de las actas y topógrafos que dibujaron los viejos croquis mencionados, y tampoco a los actuales mapas que reflejan aquellos acuerdos del siglo XIX. Y dicho montículo parece ser un antiguo vértice geodésico. (Omito explicar tales dudas y confusiones, más otros interesantes detalles que las acompañan, para no hacer este trabajo interminable).

     Sea como fuere, después de tanto tiempo de búsquedas y suposiciones esperando encontrar el famoso mojón, ¡que no aparece originalmente, y debería estar ahí, respetado, aunque fuera irreconocible, pero con su cimentación de mortero ancestral!, doy por finalizado este trabajo.  La curiosidad de haber estado  documentando la existencia histórica de este hito divisorio con tanta leyenda, historia y antigüedad, ha quedado parcialmente saciada por hoy. Y ha sido un gozo incomparable hacer estas fotografías que publico, pasear por el campo y por los viejos textos, componiendo este dibujo que me he inventado al imaginar a los obispos reunidos ante un mojón de “calicanto”  ilustrando esta pequeña investigación.

                                                           ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA

                       AGRADABLES ENCUENTROS Hace unos días, por la Plaza Mayor de La Roda, me encontré con una compañera y amiga, maestra...