miércoles, 29 de julio de 2026

 

                     AGRADABLES ENCUENTROS

Hace unos días, por la Plaza Mayor de La Roda, me encontré con una compañera y amiga, maestra jubilada como yo, que hacía muchísimos años que no nos veíamos, tal vez desde cuando estábamos en nuestro colegio José Antonio (hoy Purificación Escribano). Nos paramos a saludarnos y estuvimos un buen rato conversando, recordando muchas cosas en común, e intercambiando criterios y nuevas situaciones. Según ella me dijo,¡ pareciéndole mentira!, estaba a punto de cumplir los ochenta años, (como casi todos, más o menos,  los y las que estábamos antaño en aquel histórico colegio y hoy andamos impertérritos aún por las calles del pueblo). Y desde luego parecía mentira que tuviese ya esa edad que me decía, porque ciertamente estaba guapísima y muy joven ─le dije porque era verdad─, aparentando unos cuarenta y tantos años solamente.



   Fue un entrañable ratito en el que disfrutamos hablando como buenos amigos y compañeros, riendo y reflexionando sobre nuestras respectivas vivencias pasadas y actuales. Y hablando de Carmen, mi mujer, me recordó que en un recreo, una vez, yo le conté muy entusiasmado:

   ─Sabes que ya me he echado novia─; aunque de aquella confidencia yo no me acordaba y me hizo mucha ilusión que me lo dijera.  Y continuamos recordando cosas de mi inolvidable novia, que después sería mi esposa y madre de mis hijos. E igualmente recordamos a su marido, que también murió muy joven. Después de aquellos bonitos minutos de conversación con recuerdos familiares, profesionales y de amistad sincera, nos despedimos con la alegría y satisfacción que irradiaban nuestros rostros por aquel encuentro casual de antiguos compañeros de trabajo.

   Al salir uno de su casa, quienes no lo hacemos muy frecuentemente, solo para hacer algún recado o gestión, es muy posible que nos encontremos con personas que llevamos tiempo sin ver, y es muy agradable saludarlas y charlar un rato con ellas, como ya me ocurrió en otra ocasión y comenté aquí también, tras una procesión en donde iba nuestra inolvidable amiga Lola, de aquella pandilla de chicas jóvenes que me ayudaron en “la carroza de la reina de las fiestas 1973”.

   Pienso, y así lo hago, que no sólo hay que escribir o comentar lo que fuere con motivo de las grandes e importantes fechas o aconteceres de la vida; también es bonito hacerlo en otras ocasiones cotidianas de nuestro existir, y no menos importantes, como son estos momentos o ratitos intrascendentes y aislados, pero preciosos, de los encuentros con estas personas tan especiales por los motivos que fueren.

                    Adolfo Martínez García

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