AGRADABLES ENCUENTROS
Hace unos días, por la Plaza Mayor de La Roda, me
encontré con una compañera y amiga, maestra jubilada como yo, que hacía
muchísimos años que no nos veíamos, tal vez desde cuando estábamos en nuestro
colegio José Antonio (hoy Purificación Escribano). Nos paramos a saludarnos y
estuvimos un buen rato conversando, recordando muchas cosas en común, e
intercambiando criterios y nuevas situaciones. Según ella me dijo,¡
pareciéndole mentira!, estaba a punto de cumplir los ochenta años, (como casi
todos, más o menos, los y las que
estábamos antaño en aquel histórico colegio y hoy andamos impertérritos aún por
las calles del pueblo). Y desde luego parecía mentira que tuviese ya esa edad
que me decía, porque ciertamente estaba guapísima y muy joven ─le dije porque
era verdad─, aparentando unos cuarenta y tantos años solamente.
Fue un
entrañable ratito en el que disfrutamos hablando como buenos amigos y
compañeros, riendo y reflexionando sobre nuestras respectivas vivencias pasadas
y actuales. Y hablando de Carmen, mi mujer, me recordó que en un recreo, una
vez, yo le conté muy entusiasmado:
─Sabes que
ya me he echado novia─; aunque de aquella confidencia yo no me acordaba y me
hizo mucha ilusión que me lo dijera. Y
continuamos recordando cosas de mi inolvidable novia, que después sería mi
esposa y madre de mis hijos. E igualmente recordamos a su marido, que también
murió muy joven. Después de aquellos bonitos minutos de conversación con
recuerdos familiares, profesionales y de amistad sincera, nos despedimos con la
alegría y satisfacción que irradiaban nuestros rostros por aquel encuentro
casual de antiguos compañeros de trabajo.
Al salir
uno de su casa, quienes no lo hacemos muy frecuentemente, solo para hacer algún
recado o gestión, es muy posible que nos encontremos con personas que llevamos
tiempo sin ver, y es muy agradable saludarlas y charlar un rato con ellas, como
ya me ocurrió en otra ocasión y comenté aquí también, tras una procesión en
donde iba nuestra inolvidable amiga Lola, de aquella pandilla de chicas jóvenes
que me ayudaron en “la carroza de la reina de las fiestas 1973”.
Pienso, y
así lo hago, que no sólo hay que escribir o comentar lo que fuere con motivo de
las grandes e importantes fechas o aconteceres de la vida; también es bonito
hacerlo en otras ocasiones cotidianas de nuestro existir, y no menos importantes,
como son estos momentos o ratitos intrascendentes y aislados, pero preciosos,
de los encuentros con estas personas tan especiales por los motivos que fueren.
Adolfo Martínez García

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