miércoles, 29 de julio de 2026

 

         ENTRAÑABLE TARDE  CON LOS NIETOS

Una de estas pasadas tardes del duro estío del mes de julio, en la hora de la tradicional “siesta”,  la temperatura era casi insoportable, a más de cuarenta grados en la calle o en el patio de mi casa; pero dentro de la vivienda…, no sé si por la famosa capilaridad de las tapias con unos setenta centímetros de grosor, absorbiendo e irradiando el frescor y humedad de la profundidad del suelo, o por la antiquísima técnica de construcción mesopotámica y plagiada árabe que existen aún en las viejas casas manchegas, estábamos a unos nueve o diez grados menos que en la calle; es decir, prácticamente sin calor.



   Estaban en casa los cuatro nietos; los tres más jóvenes, Juan, Lucía y Alicia, de 9, 5 y 3 años respectivamente, sentados en el suelo de ladrillos de terrazo del comedor, en corro alrededor de muchos muñequitos de animales diversos con los que jugaban; y la nieta mayor, Carmen, de doce años,  sentada en una butaca  enfrente de mí, creando sobre la mesa pulseras  con preciosas y variadas cuentas que enhebraba en un fuerte hilo de plástico con un broche final. Un servidor, estaba disfrutando del momento familiar, observando a los nietos en  sus quehaceres; aunque, a veces,  atendía lo que nos contaban en la televisión.

   De pronto,  la más pequeña se cansó de jugar en el suelo, llegó hasta mí y me hizo saber que la tomara en brazos para sentarla sobre mis rodillas, porque ahora ella iba a jugar sola en la mesa con dos perritos de aquellos: una mamá y su bebé. Y empezó a inventarse con los perritos un largo y gracioso diálogo mientras los movían de un lado para otro; y, aunque la mitad de aquellas frases no logré captarlas muy bien, me dejó asombrado la nieta. ¡Vaya fantasía y conversación que tenía Alicia haciendo de mamá y de bebé !

   Luego, Juan me empezó a lanzar desde lejos un paquete cerrado de pañuelos de papel, como si fuera una pelota, y con Lucía sobre mis rodillas jugando con sus perritos, yo paraba la improvisada pelota, y se la devolvía una y otra vez.

─¡Tíramela alto, abuelo!─ me decía, e intentaba rematar con la cabeza, acordándose de los recientes mundiales de fútbol.

   Y así estuvimos un rato jugando. Después llegó la hora de la merienda. Los dos mayores pasaron a la cocina y se hicieron ellos mismos sus bocadillos, acompañados de un batido de leche con chocolate;  y las dos más pequeñas fueron atendidas por mi hermana Cres, siempre dispuesta a congraciarlas. Bueno, más o menos, esto es lo que pasó en aquella tarde con los nietos.

   ¿Y por qué no iba a contar lo bien y felices que fuimos todos, en un simple e intrascendente rato familiar, de tantos que nos ocurren en la vida y luego no nos acordamos?

                       Adolfo Martínez García

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