ENTRAÑABLE
TARDE CON LOS NIETOS
Una de estas pasadas tardes del duro estío del mes
de julio, en la hora de la tradicional “siesta”, la temperatura era casi insoportable, a más de
cuarenta grados en la calle o en el patio de mi casa; pero dentro de la
vivienda…, no sé si por la famosa capilaridad de las tapias con unos setenta
centímetros de grosor, absorbiendo e irradiando el frescor y humedad de la
profundidad del suelo, o por la antiquísima técnica de construcción
mesopotámica y plagiada árabe que existen aún en las viejas casas manchegas,
estábamos a unos nueve o diez grados menos que en la calle; es decir,
prácticamente sin calor.
Estaban en
casa los cuatro nietos; los tres más jóvenes, Juan, Lucía y Alicia, de 9, 5 y 3
años respectivamente, sentados en el suelo de ladrillos de terrazo del comedor,
en corro alrededor de muchos muñequitos de animales diversos con los que jugaban;
y la nieta mayor, Carmen, de doce años, sentada
en una butaca enfrente de mí, creando
sobre la mesa pulseras con preciosas y
variadas cuentas que enhebraba en un fuerte hilo de plástico con un broche
final. Un servidor, estaba disfrutando del momento familiar, observando a los
nietos en sus quehaceres; aunque, a
veces, atendía lo que nos contaban en la
televisión.
De pronto, la más pequeña se cansó de jugar en el suelo,
llegó hasta mí y me hizo saber que la tomara en brazos para sentarla sobre mis
rodillas, porque ahora ella iba a jugar sola en la mesa con dos perritos de
aquellos: una mamá y su bebé. Y empezó a inventarse con los perritos un largo y
gracioso diálogo mientras los movían de un lado para otro; y, aunque la mitad de
aquellas frases no logré captarlas muy bien, me dejó asombrado la nieta. ¡Vaya
fantasía y conversación que tenía Alicia haciendo de mamá y de bebé !
Luego, Juan
me empezó a lanzar desde lejos un paquete cerrado de pañuelos de papel, como si
fuera una pelota, y con Lucía sobre mis rodillas jugando con sus perritos, yo paraba
la improvisada pelota, y se la devolvía una y otra vez.
─¡Tíramela alto, abuelo!─ me decía, e intentaba rematar
con la cabeza, acordándose de los recientes mundiales de fútbol.
Y así estuvimos
un rato jugando. Después llegó la hora de la merienda. Los dos mayores pasaron
a la cocina y se hicieron ellos mismos sus bocadillos, acompañados de un batido
de leche con chocolate; y las dos más
pequeñas fueron atendidas por mi hermana Cres, siempre dispuesta a congraciarlas.
Bueno, más o menos, esto es lo que pasó en aquella tarde con los nietos.
¿Y por qué
no iba a contar lo bien y felices que fuimos todos, en un simple e
intrascendente rato familiar, de tantos que nos ocurren en la vida y luego no
nos acordamos?
Adolfo Martínez García

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