REFLEXIONES PARA EL UNO DE NOVIEMBRE
Aún faltan varios días para llegar a las fechas tradicionales de
visitar con flores y oraciones a nuestros familiares fallecidos; pero el
cementerio ya va estando muy concurrido de personas que, con tiempo, llegan a limpian
las lápidas y lugares correspondientes a las tumbas de sus familias, renovando sus flores y dando testimonio del
cuidado y cariño que profesan quienes
allí yacen. ¡Nuestras viejas costumbres siguen cumpliéndose cristiana y
puntualmente!
Y en estas señaladas
fechas, también vuelven nuestros recuerdos más queridos y añorados de las
personas que quisimos tanto y ya no están entre nosotros. Surgiéndonos algunas incertidumbres en los pensamientos con
preguntas que todavía no tienen respuestas científicas firmes. Aunque las tenemos
resueltas con nuestras propias creencias
religiosas, pero desearíamos que las
investigaciones científicas modernas, nos
las confirmaran y demostraran de una vez por todas.
Me refiero a los temas trascendentales que desde
los más remotos tiempos de la humanidad, hasta hoy mismo, la gente se pregunta, y sólo a través de las distintas
religiones del mundo encontramos las deseadas respuestas, vinculadas siempre a
la fe; pero no hay explicación científica firme y demostrada. Y nos referimos a
temas como… ¿Qué enigma hay tras la muerte de las personas? ¿Existe
realmente el alma? ¿Existe vida espiritual
después de la muerte?; y tantas otras preguntas relacionadas que pudiéramos pensar,
y como humanos pudiéramos dudar.
Como dijimos,
todas las religiones tienen asumidas y resueltas dichas preguntas y otras
similares, por sus creencias llenas siempre de fe; pero, además, a todo el mundo le gustaría que dichos temas
fueran confirmados y demostrados alguna
vez por la ciencia.
Últimamente, encontramos algunos
investigadores científicos interesados en estos temas cruciales que, no sólo
por la fe en las creencias religiosas tanto anhela resolver la humanidad, sino
también por las demostraciones científicas. Y así encontramos al científico,
Roger Penrose, premio Nobel de Física en el año 2020, que cree y afirma que la
conciencia no termina cuando el cuerpo acaba, porque la información que la
compone no se destruye, pues piensa que la conciencia “no sólo se fabrica con
conexiones eléctricas entre las neuronas, sino en estructuras mucho más
pequeñas que hay dentro de ellas, donde entran en juego las leyes de lo
diminuto, las que rigen el mundo de las partículas, y esa información no puede
borrarse cuando el cuerpo muere, sino que se libera y queda en el universo”
También encontramos este apasionante tema en
el médico cirujano don Manuel Sanz Segarra, que publicó en el
año 2024 el libro titulado “La supraconciencia existe. Vida después de la vida”,
y ha explicado en muchas conferencias sus creencias novenosas, dándolas a conocer después
de investigar a muchos pacientes que tuvieron “experiencias cercanas a la muerte” (E.C.M.) Y
afirma rotundamente lo mismo, que
después de morir, no desaparece la conciencia de las personas, y sigue existiendo
dicha conciencia con sus recuerdos,
sentimientos, etc. que se libera cuando el cuerpo muere, y permanece en una
supraconciencia universal y eterna. (Y si consideráramos esa conciencia como la
parte espiritual o alma de las personas,
encontraríamos aquí, más o menos que, la
religión y la ciencia empiezan a entenderse). Pero estas teorías y creencias
son sólo el embrión de lo que, por fin,
pudiera descubrirse en un futuro no muy lejano.
Aunque
seguiríamos preguntándonos si en esa supraconciencia universal y eterna, prevalecerían
individualmente los recuerdos,
sentimientos, etc. de nuestros queridos familiares, inherentes siempre a sus propias imágenes
espirituales; o estarían disueltos entre los millones y millones de conciencias
expandidas sin más.
En fin, cada persona nos podremos estar haciendo mentalmente preguntas y preguntas
por curiosidad y necesidad de querer saber más y más de un mundo etéreo, siempre
desconocido, “del más allá”, en donde imaginamos que van las almas, las
conciencias o seres espirituales, después de la muerte del cuerpo que los
contuvo.
Adolfo Martínez García




