jueves, 5 de febrero de 2026

 

                         EL ÚLTIMO NAZARENO

   Van quedando ya lejos las entrañables fechas navideñas y sus inolvidables recuerdos familiares, crisol fundente de tanta alegría y también de tristeza por la ausencia de las personas que tanto quisimos y tanto queremos.

   El paso inexorable de los días y semanas, serena nuestros ánimos y nos hace retomar, poco a poco,  el proyecto, o la ilusión que todavía teníamos y  que habíamos dejado aparcada temporalmente en un rincón de la memoria.

  Así, he vuelto a retomar algo que tenía a medias de completar, pues, en el año 1986, dí a conocer entre los primos y parientes de mi familia paterna, los resultados de una investigación genealógica, también histórico local, referente a un personaje que fue muy popular en La Roda del último  tercio del siglo XIX y primero del XX, conocido como “El Cojo de Nazareno”. Se llamaba Antonio López Sotos, y fue uno de mis bisabuelos, perteneciente a una antiquísima familia llamada los “Nazarenos”.  Resumí entonces mis investigaciones en varios folios que escribí a máquina, reproduje caseramente a multicopista y grapé  para mi familia paterna

   Pero siempre tuve el proyecto de hacer un libro con aquella primera investigación; un  libro que estuviera maquetado y editado por una buena editorial,  debidamente ilustrado con fotos y dibujos  en color y en blanco y negro, completándolo con más y nuevas informaciones. Y hoy,  ese libro curioso y deseado, ya se está imprimiendo. Al final, lleva incorporada una hoja desplegable con el árbol genealógico a todo color que abarca ocho generaciones de antepasados “Nazarenos”, desde el siglo XVII hasta los numerosos bisnietos del año 1986 en el que hice la investigación. Próximamente daré a conocer su nacimiento y edición limitada, pudiendo ser adquirido por quienes lo deseen.

            Adolfo Martínez García


miércoles, 21 de enero de 2026

 

                   LOS JUEGOS CON LOS NIETOS

Van pasando los años, y nuestros nietos continúan su normal  evolución, su hermoso crecimiento, su desarrollo físico e intelectual, con sus estudios,  deberes,  entretenimientos y juegos.

Los vemos correr, saltar, caerse de vez en cuando  y, como si fuesen de goma, levantarse “tan panchos” y seguir corriendo como si nada hubiese  ocurrido.


─ Abuelo, si es que me tiro aposta─ me dice Juan cuando, de vez en cuando, parece caerse  en el patio mientras juega al fútbol con su tío Adol, y a veces ─poquitas─  conmigo.

Los chicos ven a los futbolistas en la televisión arrastrarse de rodillas o saltar orgullosos cuando marcan un gol, y  los quieren imitar en sus juegos.

A mí me da mucha envidia ver a mi hijo Adolfo jugando al fútbol en el patio de casa con su sobrino Juan, mi nieto, pues me recuerda lo mismo que yo hacía con él cuando nuestras  edades de entonces eran similares a las de ellos ahora. Yo era un padre ya  maduro, con cuarenta y tantos años, pero joven aún para jugar con mi hijo al fútbol, haciéndole  quiebros y regates, saltos y movimientos con cierta agilidad, sin perder el equilibrio.

Pero, hora es muy distinto, tengo casi el doble de años, 83,  y, varias veces, cuando he visto a mi nieto Juan solo en el patio, sin su tío, que no podía jugar con él en esos momentos, me he atrevido a salir yo al patio para jugar al fútbol un rato con el nieto; y a pesar de mi mucha precaución  ante las posibles torceduras y caídas, debo reconocer que los años no pasan en balde,  y con poco que te muevas en el juego, te notas torpe y pesado, e incluso estás a punto de caerte más de una vez.  Entonces compruebas que aquel que fuiste en la juventud,  un buen deportista practicante de fútbol y atletismo, ya no existe como tal. “No está disponible”. “Desapareció hace muchas  décadas”. Y eso es así; aunque mentalmente,  sigamos empeñados en nuestros recuerdos deportivos y éxitos.

En general, los nietos son incansables, muy ágiles, veloces, llenos de dinamismo y nunca quieren acabar el juego. Y suerte tendremos  si, después de  haber jugado con ellos y haberle dado varios “toques” al balón,   acabamos pronto nuestra participación sin habernos caído al suelo al perder el equilibrio en un momento determinado.

Por muchas ganas que tenga un abuelo de participar con los nietos en sus juegos dinámicos y físicos, mejor será “pasar de ellos”. Y dedicarnos a divertirlos con otros juegos nada peligrosos para nosotros, como puede ser uno que tanto les gusta: “al escondite” dentro de la casa; o los llamados “juegos de mesa”, divertidos, bellos e intelectuales, como es, por antonomasia, el ajedrez,  ( que hace tiempo les enseñé a mis nietos Carmen y a Juan, y seguimos practicando  de vez en cuando) ; también al dominó; al parchís, a la “brisca;  “solitarios” etc. (Mis otras dos nietas, Lucía y Alicia,  hijas de Fuen y Jesús, son aún muy pequeñas y solo jugamos “al escondite” cuando ellas lo solicitan).

Así, con estos últimos juegos,  seguiremos estando activos junto a los nietos, jugando con ellos sin los peligros de una lesión física o una inoportuna caída futbolística. ¡Deberíamos hacer caso de esta recomendación, antes que alguno nos caigamos jugando al fútbol con los nietos y, después,  suframos sus consecuencias!

Adolfo Martínez García

miércoles, 7 de enero de 2026

 

            DE AQUELLA MÁGICA NOCHEVIEJA

Ha pasado mucho tiempo, y cuando vuelven otra vez las importantes fechas navideñas, vuelvo también a recordar aquellas imágenes pasadas de escenas entrañables e inolvidables de mi juventud.


  Entonces, y me voy a referir a la “Nochevieja” del año de 1976, tuve la gran suerte de poder asistir a la magnífica  sala de fiestas creada por nuestro amigo Roque Navarro Moraté: “El Castilla Park”, con orquestas en directo para bailar entre la alegría del confeti multicolor y las oportunas bebidas, gorros, antifaces y gafas jocosas de aquella inolvidable noche.

   Por entonces, Carmen y yo éramos buenos  amigos, pues nos habíamos conocido ─ocho meses atrás, el domingo 26 de abril de ese año─ en una excursión a la nieve de las montañas de Segovia, y  desde aquel bonito día en el que sentimos una fuerte y mutua atracción, solíamos llamarnos por teléfono para vernos, salir  juntos, o divertirnos en los bailes domingueros del Castilla Park. 

   Para aquella “Nochevieja” de 1976, habíamos  acordado vernos  en el baile del “Castilla Park”, al que iría ella con su hermana Conchi y su cuñado Bernardo.

    Fuimos pareja toda la noche, bailando y bailando incansables. Aunque seguíamos siendo sólo amigos y no nos habíamos comprometido oficialmente aún; pero nos queríamos ya muchísimo. Recuerdo mi embobamiento en Carmen, mirándola ensimismado mientras bailábamos o conversábamos. Por fin me había enamorado de verdad de una atractiva chica, y “Ella”, esa mujer ideal y adorable que siempre busqué y soñé tantas veces dónde estaría y dónde la encontraría, para ser mi pareja, mi novia y mi musa, mi compañera, mi confidente, mi gran amor… la tenía allí delante, junto a mí, bailando y sonriendo, estrechándonos con ternura, con pasión y cariño.

   Llevaba Carmen un vestido blanco marfil con vuelo, que contrastaba bellamente con mi chaqueta azul marino con botones plateados y pantalón gris marengo. Su pelo largo de color oro viejo y cobrizo, caía ondulado  sobre sus hombros,  embelleciendo su cuerpo delgado, esbelto y vigoroso. Pensé que yo no debía esperar mucho más para declararle mi amor firme y verdadero, y pedirle que, si ella quería, fuéramos ya novios oficialmente; pues también me amaba y  a los dos nos gustaba vernos todos los días para estar juntos.

   La magia de la noche y su música fueron transcurriendo lentamente, envolviendo nuestro encuentro en un etéreo ambiente de ensueños,  disfrutando muchísimo de nuestros bailes, confidencias, abrazos, miradas enamoradas y algunos besos furtivos. ¡Jamás podré olvidar aquella hermosa y esperanzadora noche de platónica felicidad!

   Días después, empezamos a  disfrutar de una preciosa noviez, como si viviéramos en una burbuja de  sueños; y  decidimos casarnos un 12 de agosto de 1978. Tuvimos tres hijos, dos chicas y un chico; y cuatro nietos, tres niñas y un niño que, por estas fechas de La Navidad, disfrutan más de nuestra casa y  familia.

   Desde hace seis años, Carmen nos falta físicamente; saben de su ausencia el aire y la luz de nuestra morada; los recuerdos imperecederos de nuestra Carmen preciosa, llena de alegría y amor ─con la que estuve casado cuarenta y un años─ ; y la echamos de menos muchísimo. Nos resignamos a verla diariamente en las grandes fotografías que están colgadas por todas las habitaciones de la casa; además de estar siempre presente en nuestra alma y en nuestro corazón. Y hasta queriendo imaginar lo imposible,  podría estar entre nosotros su espíritu invisible e intangible, disfrutando de su familia desde cualquier rincón de donde estemos recordándola, como hoy y ahora.

Adolfo Martínez García

domingo, 28 de diciembre de 2025

 

                    OTRA CENA DE NAVIDAD

La “Nochebuena” de este año 2.025, como en las anteriores sin Carmen, ha tenido para mí dos lecturas diferentes, pues a la íntima añoranza y desconsuelo por la ausencia de la gran anfitriona que fue mi mujer, tengo que reconocer la  entrañable compañía y gozosa contemplación de casi toda la familia ─ estuvimos trece en total─unidos alrededor de nuestra tradicional mesa navideña con  los mariscos, el cordero y los vinos.


   Ver, admirar y disfrutar de nuestros dinámicos nietos en sus muchas intervenciones ─tanto en la cena como después─ me producía un especial regocijo. Por ejemplo, cuando ellos, los nietos, me rondaban una y otra vez en los preámbulos, mientras cortaba jamón del pernil para completar varios platos de aperitivos, que no se terminaban de llenar con rapidez, porque me los iban mermando ellos al tiempo que los iba reponiendo.  También fueron admirables en sus improvisados “karaokes” con actuaciones sin timidez y con mucha gracia; o implicándonos  a todos los adultos en varios de sus “bingos” en los que, Carmen y Juan, de once y nueve años, fueron los directores y protagonistas.

   También la nieta Lucía, con casi seis años,  estaba muy atenta participando con dos cartones junto a su madre, Fuen. Y “la benjamín” de la familia, Alicia, con casi tres años, se paseaba con garbo por la sala y pasillos sobre unos zapatos grandes de su prima, con bastante tacón para actuaciones de bailes infantiles, luciéndose a placer y taconeando al andar mientras canturreaba con el micro del karaoke.  

   En un momento de la noche, con la televisión encendida, salió en la pantalla una gran fotografía  del rostro de mi mujer, que nos cautivó a todos porque tenía movimiento, se sonreía, movía los ojos, etc.; también surgió otra foto donde estábamos nosotros dos, que nos movíamos abrazándonos y parecía real .

    Era Fuen con su teléfono o “móvil mágico” la autora de esas instantáneas movibles, a través de  una aplicación con inteligencia artificial que podía hacer todas esas cosas; pero fue bonito ver a Carmen mirándonos en la tele, e imaginarla entre nosotros en esa noche tan especial.

   Y casi al final,  después de los postres, el café, mantecados y unas copas de cava, estando dispersos, algunos de conversación en la sala, otros en el salón entre los nietos jugando, el resto ayudando a recoger, o bien fregando en la cocina, me sentí orgulloso de la familia que Carmen y yo habíamos creado y que ha seguido creciendo después de morir ella,  Y recordándola  más intensamente, miré a nuestra hija mayor, la primogénita, que en ese momento se había sentado frente a mí, e invitándola a coger una copa, me acerqué a ella con otra de cava en la mano, y le dije:

   ─Vamos a brindar Toñi.

   ─ ¿Por quién? ─ me preguntó.

   ─ ¡Por tu madre! ─ le dije con emoción. Y mirando  un retrato de Carmen colgado en la pared de la sala, tragué emocionado el espumoso vino en honor a la persona más maravillosa de mi vida.

Adolfo Martínez García

viernes, 19 de diciembre de 2025

 

RECORDANDO A CARMEN

¡Cómo olvidar que hoy, 19 de diciembre, al anochecer, hace seis años ya,  Carmen murió en mis brazos!



   Nos quedamos deshechos y desolados, y hasta pasado un mes no supe reaccionar ante los demás; me había quedado sin palabras ni ánimos para escribir otra vez aquí agradeciendo a tantas personas sus condolencias.

   He buscado mi primera reacción escrita después de su muerte y compruebo que el paso de seis años no han amortiguado ni dulcificado aquellos sentimientos de soledad y dolor que entonces sentí y expresé. Hoy, recordando a Carmen, siento que siguen siendo los mismos sentimientos, pensamientos y duelos:

   “…Yo, su compañero y esposo, no dejo de emocionarme e incluso llorar como un niño, cada vez que la tengo presente en la mente, que es  a casi todas horas; aunque procuro contenerme ante quienes se paran a mi lado y me hablan de ella. Porque Carmen está en los recuerdos casi constantemente. Cualquier rincón de nuestra casa, de nuestra barrio  o de nuestro pueblo, me sugieren hermosas imágenes de escenas vividas a su lado. Y todavía no me hago a la idea de haberla perdido para siempre.

   En mis visitas a su eterna morada me quedo un rato ante ella, recordándola  junto a mí, bien de joven (como en el dibujo que ilustra este artículo), o de cuando era más mayor, siempre divertida, atractiva, lista, cariñosa, simpática…Un ser irrepetible, bondadoso y solidario, a la que amé y seguiré amando siempre. Buena madre, preciosa esposa, magnífica hermana, cariñosísima abuela de dos nietos que la conocieron: Carmen, de cinco años, y Juan de tres; porque Lucía, la hija mayor de Fuen y Jesús, nació once días después de morir su abuela Carmen; y Alicia, la más jovencita de los nietos, ni existía entonces en la mente de sus padres.

    No ceso de pensar en Carmen, y desearía saber de su paz inmensa, de su luz y contemplación celestial. Saber si su alma puede estar algún instante  junto a cualquier familiar o amiga que la recuerde; si podrá estar cerca de sus hijos Toñi, Adolfo y Fuen en sus trabajos u hogares, o cerca  de sus cuatro nietos. Y tal vez, también si pudiera estar cerca de mí, que tanto la quise y la quiero, animándome mentalmente en mi vida con su optimismo y alegría. Quisiera creer que me  acompaña en esas largas y solitarias noches, y la puedo  ver y sentir en la mente con mis pensamientos, imaginándome escuchar otra vez de sus sagrados labios, aquel melodioso y dulce susurro de un ¡Te quiero! “

                         Adolfo Martínez García

viernes, 5 de diciembre de 2025

 


Se van acercando las fechas importantes de la Navidad, siempre alegres y muy familiares para todos; pero también penosas y nostálgicas por las ausencias eternas de quienes  se nos fueron de nuestro lado y jamás volveremos  a ver. En este mes, algunas personas perdimos a nuestra pareja, a nuestra confidente, esposa y compañera, con la que, hace muchos años, habíamos emprendido la aventura de formar una familia y vivir juntos ese sueño maravilloso de tener hijos y nietos. La familia surgió feliz y siguió creciendo gozosa; pero a ella  la perdimos hace casi seis años  y, aunque ya no la veamos jamás, siempre la tenemos muy presente en la memoria y el corazón. Se va acercando aquel día de la muerte de Carmen, y recordándola constantemente le he escrito otro poema:     

                          SIN TI: PERDIDO  

En un rincón del mundo algo escondido,

sin nadie cerca, solo y alejado,

pensando  aquellos días del pasado

que están muy dentro y nunca los olvido,

sigo soñando escenas complacido

de cuando novio, siempre enamorado,

 del  brazo, ibas tú justo a mi lado

con tu sonrisa y gesto distinguido;

pero hoy, ausente tú, voy solitario

 surcando un rumbo incierto en mi camino,

y poco o nada me es ya necesario.

Mi amor por ti es el único destino:

¡Vivir contigo un sueño  extraordinario,

sublime y bello, puro y cristalino!

        

            Adolfo Martínez García


martes, 25 de noviembre de 2025

 HACE CASI CUARENTA AÑOS

Por el año 1986, escribí el resultado de una ardua investigación sobre un entrañable y original personaje llamado Antonio López Sotos, “El Cojo de Nazareno”, y su extensísima familia de antepasados que se remontaban hasta casi el siglo XVI, así como sus numerosos descendientes, (hijos, nietos, bisnietos, y los tataranietos que existían en el año que formé y grapé los folios mecanografiados, 1986). Por parte paterna, yo soy uno de sus muchos bisnietos.


Descubrí en aquella investigación que, el apodo de “Nazareno”, le venía heredado y transmitido desde, al menos, ocho generaciones de antepasados, que con este apodo eran conocidos por el resto del pueblo. Por lo que tenía una especial curiosidad y empeño en llegar a saber el por qué de aquel apodo familiar; desde luego, relacionado con las procesiones de Semana Santa y la cofradía de Jesús Nazareno, de la que eran y somos nazarenos la familia todavía.
He considerado que aquel humilde trabajo histórico de genealogía familiar, creado a multicopista y grapado “caseramente” por mí, merecía completarse con más datos informativos, ser ilustrado con las fotografías originales que he podido recoger, como los retratos de algunos de los hijos e hijas de “El Cojo de Nazareno”, que en total tuvo 12, y me faltan aún varias fotos que me están buscando sus descendientes, a los que les doy las gracias anticipadas. Y he incorporado a este nuevo libro, el árbol genealógico en color de toda la gigantesca familia, que irá en una hoja grande y desplegable para que al ser mayor, sea más legible; y todo ello maquetado y publicado por la magnífica editorial con la que sigo en contacto desde hace años. Por curiosidad histórica, o por parentesco, bien cercano o lejano, si alguien estuviera interesado en obtener dicha investigación o libro, ya comunicaré su nacimiento y publicación a través de este mismo medio.
El estar jubilados y ser ya mayores, no significa que debamos permanecer inactivos y poco creativos, pues a pesar de las determinadas circunstancias sentimentales de cada uno, es una buena época de la vida, serena, reflexiva y pacífica, muy propicia para seguir desarrollando nuestras inquietudes.
ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA

                           EL ÚLTIMO NAZARENO    Van quedando ya lejos las entrañables fechas navideñas y sus inolvidables recuerdos famil...