UNA MAÑANA DELICIOSA
El sábado pasado, como otra mañana cualquiera de
este caluroso verano, seguía mi rutina habitual en casa, entreteniéndome con algunas de mis aficiones: tocando un poco
la guitarra, escribiendo en el ordenador
otro rato…, y aún quería vencer la pereza y falta de voluntad para dedicar
otros momentos a continuar tallando un
pequeño bajorelieve con animales salvajes; pero me está costando mucho salir al
porche a dar golpes sobre las gubias en la madera y con tanto calor.
Llamaron a
la puerta y al abrir me alegraron la mañana, pues eran mi hija Fuensanta y sus
dos retoños, Lucía y Alicia, invitándome
a salir por ahí y tomarnos algo fresco en una terraza. La verdad es que no lo
pensé ni un segundo, y bajé con ellas tan feliz e ilusionado. Yo solo no suelo
salir, salvo si he de hacer algún recado o gestión.

Me dejé
llevar por mi hija y nietas hasta las mesas de la terraza del bar o cafetería del
paseo Juan Ramón Ramírez, con espléndidas sombras, y nos sentamos a tomar un
refrigerio. De momento no me di cuenta, pero enseguida saludé a quienes estaban
enfrente de nosotros, que eran la pandilla de amigas y amigos de mi mujer, de
Carmen. Y qué casualidad tan hermosa, porque nada más verlos, reviví
vertiginosamente en la mente preciosas escenas de ellos con Carmen en los
bailes del Castilla Park…¡Dorada época de La Roda!, y por asociación de ideas rememoré
muchísimos más instantes de Carmen conmigo en cientos de momentos de nuestra
vida de amigos, noviez y matrimonio. Su amiga Coké llegó después y se acercó a
saludarnos, conversando unos segundos con nosotros, y me hacía mucha ilusión
que lo hiciera especialmente con Fuen,
contándole cosas de su madre. Sentía como si un vínculo invisible de cariño y
emoción estaba presente entre las dos, e imaginaba a mi mujer muy cercana,
feliz en aquel encuentro de su hija pequeña con una de sus
grandes amigas del alma. Y sí, sin esperarlo, fue una mañana muy
distinta y deliciosa que quiero
resaltar.
Adolfo
Martínez García