miércoles, 21 de enero de 2026

 

                   LOS JUEGOS CON LOS NIETOS

Van pasando los años, y nuestros nietos continúan su normal  evolución, su hermoso crecimiento, su desarrollo físico e intelectual, con sus estudios,  deberes,  entretenimientos y juegos.

Los vemos correr, saltar, caerse de vez en cuando  y, como si fuesen de goma, levantarse “tan panchos” y seguir corriendo como si nada hubiese  ocurrido.


─ Abuelo, si es que me tiro aposta─ me dice Juan cuando, de vez en cuando, parece caerse  en el patio mientras juega al fútbol con su tío Adol, y a veces ─poquitas─  conmigo.

Los chicos ven a los futbolistas en la televisión arrastrarse de rodillas o saltar orgullosos cuando marcan un gol, y  los quieren imitar en sus juegos.

A mí me da mucha envidia ver a mi hijo Adolfo jugando al fútbol en el patio de casa con su sobrino Juan, mi nieto, pues me recuerda lo mismo que yo hacía con él cuando nuestras  edades de entonces eran similares a las de ellos ahora. Yo era un padre ya  maduro, con cuarenta y tantos años, pero joven aún para jugar con mi hijo al fútbol, haciéndole  quiebros y regates, saltos y movimientos con cierta agilidad, sin perder el equilibrio.

Pero, hora es muy distinto, tengo casi el doble de años, 83,  y, varias veces, cuando he visto a mi nieto Juan solo en el patio, sin su tío, que no podía jugar con él en esos momentos, me he atrevido a salir yo al patio para jugar al fútbol un rato con el nieto; y a pesar de mi mucha precaución  ante las posibles torceduras y caídas, debo reconocer que los años no pasan en balde,  y con poco que te muevas en el juego, te notas torpe y pesado, e incluso estás a punto de caerte más de una vez.  Entonces compruebas que aquel que fuiste en la juventud,  un buen deportista practicante de fútbol y atletismo, ya no existe como tal. “No está disponible”. “Desapareció hace muchas  décadas”. Y eso es así; aunque mentalmente,  sigamos empeñados en nuestros recuerdos deportivos y éxitos.

En general, los nietos son incansables, muy ágiles, veloces, llenos de dinamismo y nunca quieren acabar el juego. Y suerte tendremos  si, después de  haber jugado con ellos y haberle dado varios “toques” al balón,   acabamos pronto nuestra participación sin habernos caído al suelo al perder el equilibrio en un momento determinado.

Por muchas ganas que tenga un abuelo de participar con los nietos en sus juegos dinámicos y físicos, mejor será “pasar de ellos”. Y dedicarnos a divertirlos con otros juegos nada peligrosos para nosotros, como puede ser uno que tanto les gusta: “al escondite” dentro de la casa; o los llamados “juegos de mesa”, divertidos, bellos e intelectuales, como es, por antonomasia, el ajedrez,  ( que hace tiempo les enseñé a mis nietos Carmen y a Juan, y seguimos practicando  de vez en cuando) ; también al dominó; al parchís, a la “brisca;  “solitarios” etc. (Mis otras dos nietas, Lucía y Alicia,  hijas de Fuen y Jesús, son aún muy pequeñas y solo jugamos “al escondite” cuando ellas lo solicitan).

Así, con estos últimos juegos,  seguiremos estando activos junto a los nietos, jugando con ellos sin los peligros de una lesión física o una inoportuna caída futbolística. ¡Deberíamos hacer caso de esta recomendación, antes que alguno nos caigamos jugando al fútbol con los nietos y, después,  suframos sus consecuencias!

Adolfo Martínez García

miércoles, 7 de enero de 2026

 

            DE AQUELLA MÁGICA NOCHEVIEJA

Ha pasado mucho tiempo, y cuando vuelven otra vez las importantes fechas navideñas, vuelvo también a recordar aquellas imágenes pasadas de escenas entrañables e inolvidables de mi juventud.


  Entonces, y me voy a referir a la “Nochevieja” del año de 1976, tuve la gran suerte de poder asistir a la magnífica  sala de fiestas creada por nuestro amigo Roque Navarro Moraté: “El Castilla Park”, con orquestas en directo para bailar entre la alegría del confeti multicolor y las oportunas bebidas, gorros, antifaces y gafas jocosas de aquella inolvidable noche.

   Por entonces, Carmen y yo éramos buenos  amigos, pues nos habíamos conocido ─ocho meses atrás, el domingo 26 de abril de ese año─ en una excursión a la nieve de las montañas de Segovia, y  desde aquel bonito día en el que sentimos una fuerte y mutua atracción, solíamos llamarnos por teléfono para vernos, salir  juntos, o divertirnos en los bailes domingueros del Castilla Park. 

   Para aquella “Nochevieja” de 1976, habíamos  acordado vernos  en el baile del “Castilla Park”, al que iría ella con su hermana Conchi y su cuñado Bernardo.

    Fuimos pareja toda la noche, bailando y bailando incansables. Aunque seguíamos siendo sólo amigos y no nos habíamos comprometido oficialmente aún; pero nos queríamos ya muchísimo. Recuerdo mi embobamiento en Carmen, mirándola ensimismado mientras bailábamos o conversábamos. Por fin me había enamorado de verdad de una atractiva chica, y “Ella”, esa mujer ideal y adorable que siempre busqué y soñé tantas veces dónde estaría y dónde la encontraría, para ser mi pareja, mi novia y mi musa, mi compañera, mi confidente, mi gran amor… la tenía allí delante, junto a mí, bailando y sonriendo, estrechándonos con ternura, con pasión y cariño.

   Llevaba Carmen un vestido blanco marfil con vuelo, que contrastaba bellamente con mi chaqueta azul marino con botones plateados y pantalón gris marengo. Su pelo largo de color oro viejo y cobrizo, caía ondulado  sobre sus hombros,  embelleciendo su cuerpo delgado, esbelto y vigoroso. Pensé que yo no debía esperar mucho más para declararle mi amor firme y verdadero, y pedirle que, si ella quería, fuéramos ya novios oficialmente; pues también me amaba y  a los dos nos gustaba vernos todos los días para estar juntos.

   La magia de la noche y su música fueron transcurriendo lentamente, envolviendo nuestro encuentro en un etéreo ambiente de ensueños,  disfrutando muchísimo de nuestros bailes, confidencias, abrazos, miradas enamoradas y algunos besos furtivos. ¡Jamás podré olvidar aquella hermosa y esperanzadora noche de platónica felicidad!

   Días después, empezamos a  disfrutar de una preciosa noviez, como si viviéramos en una burbuja de  sueños; y  decidimos casarnos un 12 de agosto de 1978. Tuvimos tres hijos, dos chicas y un chico; y cuatro nietos, tres niñas y un niño que, por estas fechas de La Navidad, disfrutan más de nuestra casa y  familia.

   Desde hace seis años, Carmen nos falta físicamente; saben de su ausencia el aire y la luz de nuestra morada; los recuerdos imperecederos de nuestra Carmen preciosa, llena de alegría y amor ─con la que estuve casado cuarenta y un años─ ; y la echamos de menos muchísimo. Nos resignamos a verla diariamente en las grandes fotografías que están colgadas por todas las habitaciones de la casa; además de estar siempre presente en nuestra alma y en nuestro corazón. Y hasta queriendo imaginar lo imposible,  podría estar entre nosotros su espíritu invisible e intangible, disfrutando de su familia desde cualquier rincón de donde estemos recordándola, como hoy y ahora.

Adolfo Martínez García

                           EL ÚLTIMO NAZARENO    Van quedando ya lejos las entrañables fechas navideñas y sus inolvidables recuerdos famil...