¡ FELICIDADES! CARMEN, Y CARMEN.
Para prestar más atención a los agradables sonidos que me llegaban desde el salón, me acerqué hasta la misma puerta, pero no la abrí por no interrumpir. Era una melodía bonita y bien ejecutada. Pensé que no podía ser nuestra nieta Carmen, pues ella, hasta entonces, tocaba ejercicios y lecciones que solían ser de un aprendizaje más elemental y repetitivo, para ir avanzando paulatinamente y, al menos para mí, no tenían la belleza de aquella melodía que estaba escuchando y que me recordaba escenas de algunas películas clásicas, ambientadas en el siglo XVIII, con conciertos y audiciones palaciegas entre gente empolvada y protocolaria, con pelucas blancas de bucles, bailando una especie de "minué". ¡No podía ser nuestra nieta!
Por fin, intrigado y entusiasmado, abrí la puerta; pasé y, ¡sí que era ella: Carmen! Embobado en sus pequeños dedos deslizándose dulcemente por las teclas de marfil, me puse a aplaudir frenéticamente, como haría cualquier abuelo por una nieta de 9 años.
Nuestra nieta Carmen
Yo siempre admiré muchísimo a los músicos, especialmente a los pianistas que, con los dedos de una mano, tocan las notas musicales que leen en un pentagrama en clave de sol; e independientemente, con los dedos de la otra mano, hacen lo mismo en otro pentagrama anotado en clave de fa. Además de su metódico aprendizaje para conseguirlo, y del buen profesor para enseñarles, yo creo que los pianistas tienen una mente privilegiada.
La partitura llevaba en ambos pentagramas y claves diferentes, una alteración, "un sostenido", pero Carmen leía y tocaba estupendamente, deslizando y pulsando convenientemente los dedos de sus manos con agilidad y dulzura, ganando profundamente mi admiración.
La partitura llevaba el título de "La feria" y su autor era Carl Czerny, (pianista austriaco, compositor y profesor, que fue alumno del virtuoso Franz Liszt).Yo, sin interrumpir ni un momento a mi nieta, la besé en la frente mientras la seguía aplaudiendo apasionadamente.
- Abuelo, es que la he tocado tantas veces, que ya me la sé de memoria- me dijo Carmen.
Llamé a mi hermana Cres que estaba en la cocina; y lo mismo hice con su madre, mi hija Toñi; Luego, coincidió que llegó su padre Juan Eloy que quería llevarse a sus hijos a pasear un rato; y conseguimos que Carmen volviera a tocar aquella bonita melodía otra vez. Los aplausos se volvieron a multiplicar con entusiasmo y admiración.
Como cualquier abuelo feliz con sus nietos y sus obras, me parecía mentira que aquellos bellos sonidos se produjeran a través de sus jovencísimos dedos con tanta maestría y delicadeza. Y me acordé de ti, nos acordamos de ti: ¡su querida abuela Carmen! que tanto la cuidaste y amaste mientras tuviste vida.
Carmen en sus años dorados |
ADOLFO MARTÍNEZ GARCÍA
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