DE AQUELLA MÁGICA NOCHEVIEJA
Ha pasado mucho tiempo, y cuando vuelven otra vez las
importantes fechas navideñas, vuelvo también a recordar aquellas imágenes
pasadas de escenas entrañables e inolvidables de mi juventud.
Entonces, y
me voy a referir a la “Nochevieja” del año de 1976, tuve la gran suerte de
poder asistir a la magnífica sala de
fiestas creada por nuestro amigo Roque Navarro Moraté: “El Castilla Park”, con
orquestas en directo para bailar entre la alegría del confeti multicolor y las
oportunas bebidas, gorros, antifaces y gafas jocosas de aquella inolvidable noche.
Por
entonces, Carmen y yo éramos buenos
amigos, pues nos habíamos conocido ─ocho meses atrás, el domingo 26 de
abril de ese año─ en una excursión a la nieve de las montañas de Segovia,
y desde aquel bonito día en el que
sentimos una fuerte y mutua atracción, solíamos llamarnos por teléfono para vernos,
salir juntos, o divertirnos en los
bailes domingueros del Castilla Park.
Para aquella
“Nochevieja” de 1976, habíamos acordado
vernos en el baile del “Castilla Park”,
al que iría ella con su hermana Conchi y su cuñado Bernardo.
Fuimos
pareja toda la noche, bailando y bailando incansables. Aunque seguíamos siendo
sólo amigos y no nos habíamos comprometido oficialmente aún; pero nos queríamos
ya muchísimo. Recuerdo mi embobamiento en Carmen, mirándola ensimismado
mientras bailábamos o conversábamos. Por fin me había enamorado de verdad de
una atractiva chica, y “Ella”, esa mujer ideal y adorable que siempre busqué y
soñé tantas veces dónde estaría y dónde la encontraría, para ser mi pareja, mi novia
y mi musa, mi compañera, mi confidente, mi gran amor… la tenía allí delante, junto
a mí, bailando y sonriendo, estrechándonos con ternura, con pasión y cariño.
Llevaba Carmen
un vestido blanco marfil con vuelo, que contrastaba bellamente con mi chaqueta
azul marino con botones plateados y pantalón gris marengo. Su pelo largo de
color oro viejo y cobrizo, caía ondulado
sobre sus hombros, embelleciendo
su cuerpo delgado, esbelto y vigoroso. Pensé que yo no debía esperar mucho más
para declararle mi amor firme y verdadero, y pedirle que, si ella quería,
fuéramos ya novios oficialmente; pues también me amaba y a los dos nos gustaba vernos todos los días
para estar juntos.
La magia de
la noche y su música fueron transcurriendo lentamente, envolviendo nuestro
encuentro en un etéreo ambiente de ensueños,
disfrutando muchísimo de nuestros bailes, confidencias, abrazos, miradas
enamoradas y algunos besos furtivos. ¡Jamás podré olvidar aquella hermosa y
esperanzadora noche de platónica felicidad!
Días después,
empezamos a disfrutar de una preciosa noviez,
como si viviéramos en una burbuja de
sueños; y decidimos casarnos un
12 de agosto de 1978. Tuvimos tres hijos, dos chicas y un chico; y cuatro
nietos, tres niñas y un niño que, por estas fechas de La Navidad, disfrutan más
de nuestra casa y familia.
Desde hace
seis años, Carmen nos falta físicamente; saben de su ausencia el aire y la luz
de nuestra morada; los recuerdos imperecederos de nuestra Carmen preciosa,
llena de alegría y amor ─con la que estuve casado cuarenta y un años─ ; y la
echamos de menos muchísimo. Nos resignamos a verla diariamente en las grandes
fotografías que están colgadas por todas las habitaciones de la casa; además de
estar siempre presente en nuestra alma y en nuestro corazón. Y hasta queriendo imaginar
lo imposible, podría estar entre
nosotros su espíritu invisible e intangible, disfrutando de su familia desde cualquier
rincón de donde estemos recordándola, como hoy y ahora.
Adolfo Martínez García




